—Al pueblo que deja usted a retaguardia.
—¡Andando!
Y así diciendo volvió grupas, y seguido de los guardias civiles, que tales eran los aprehensores, encaminose a un lugar que allí cerca estaba y en el cual no había parado mientes.
A tiempo que anochecía entraron los tres en el pueblo, donde reinaba el mayor sosiego a pesar de ser víspera de elecciones municipales. El alcalde, que iba de ceca en meca muñendo a los electores a casa hita, en la calle y en la taberna, y no podía, por lo tanto, perder el tiempo en bagatelas, en cuanto vio a los recién llegados, y sin preguntar a los guardias por qué traían a aquel hombre, dijo con voz de autoridad:
—¡A la cárcel con él, y el caballo a mi cuadra!
Y dicho y hecho, y he aquí cómo la primera noche de su vuelta a España, Santiago se la pasó enterita en la cárcel.
III
Aquel siervo de Dios, en lugar de hacer milagros y de salirse del inmundo aposento donde encerrado estaba, porque con decir que era cárcel de pueblo, y de pueblo de la Mancha, está dicho todo, púsose a rezar y a rezar hasta que le sorprendió la vaga claridad del alba entrando por una rendija o gatera, que en esto no estoy muy seguro, pero sí de que no tenía más ventilación el calabozo.