En esto oyose ruido de llaves en la premiosa cerradura; rechinaron los goznes, y abriéndose pausadamente la puerta, apareció bajo el dintel la majestuosa figura del alguacil, barbero, sangrador y peatón en una pieza.
—¡Sal! —dijo con ademán imperativo y voz bronca, porque acababa de matar el gusanillo: y luego añadió que le siguiese.
Hízolo así Santiago, y subiendo una estrecha escalera, fue introducido en el salón del concejo, que iba a servir además de colegio electoral, a juzgar por una grande urna
que puesta sobre la mesa estaba. Una silla, tres bancos y el retrato del Rey, pegado con obleas o pan mascado en la pared, completaban el ajuar de aquel augusto recinto, al cual prestaba mayor solemnidad en aquel momento la presencia del Alcalde, muellemente sentado en la silla, extendidas las piernas, sueltos los brazos, caída la cabeza, terciado el calañés y chupando un cigarrillo mugriento, apagado y casi deshecho.
—¡Hola, perillán! —exclamó la autoridad popular a guisa de saludo—. ¿Quién te manda ir de romería a caballo? ¿Dónde lo has robado, cuatrero?
—Yo soy un hombre de bien. El caballo es mío —contestó el Santo.
—¡A mí con esas! Ea, a ver la cédula.
—No la tengo.