Casimiro consiguió ver el estrecho y sonriente valle que sin cesar se representaba en su memoria, y la casita humilde donde abrió los ojos a la luz del día, y el encendido hogar, piadoso asilo en las largas horas de invierno, y el hórreo pintoresco suspendido en el aire como arca santa que guarda el fruto de la madre tierra, y las corrientes y cristalinas aguas del encauzado Deva, y las agrestes montañas, testigos mudos y poderosos auxiliares de la primera victoria de la restauración cristiana y de la independencia de un pueblo, y la célebre y sagrada Cueva, amparo de los débiles y oprimidos, refugio de la fe, asombro de la Historia y veneración del mundo.
Extenuado por la terrible dolencia, sin vigor en los flacos miembros, ni brillo en los ojos desencajados, ni color en las mejillas enjutas y hundidas, trepó, con la ayuda de los temblorosos brazos de sus padres, la larga escalera de piedra, que, flanqueando aquella rocosa e imponente cavidad, conduce a la capilla, suspendida sobre el abismo. Detúvose un instante en el balcón que precede al pequeño templo, bajó la vista al fondo, y sintió el horror del vacío que seduce y atrae y turba los sentidos; admiró las maravillas debidas al ardiente o incansable celo de un prelado,[7] reparando las injusticias de los tiempos, la indolencia del poder y el olvido de los españoles; y puesto de hinojos ante el sagrado altar, elevó tierna plegaria al cielo, lleno de fervor, de unción y de místico recogimiento.
[7] El Excmo. Sr. don Benito Sanz y Forés, obispo que fue de Oviedo, y actualmente cardenal y arzobispo de Sevilla, a quien se debe principalmente la restauración del santuario de Covadonga.
En tanto, las cóncavas peñas repercutían el eco de la campana herida, y el sol coronaba la alta cumbre del frontero monte; y el hondo valle inundábase de luz radiante y de extendidas sombras; y retumbaban las cascadas del naciente río; y los operarios de la basílica que se está alzando en una eminencia cercana, entregábanse al trabajo hormigueando por las tortuosas veredas; y el viento, ligeramente alterado, estremecía las ramas y las hojas de una vegetación espléndida; por todas partes, en el cielo, en el aire, en la tierra, el movimiento y la vida, menos en el sin ventura Casimiro.
—¡Dadme una taza de leche!... —exclamó, sintiéndose desvanecer—. ¡Aún es tiempo!... ¡Aún puedo recobrar la salud!
Y le bajaron a la entrada de la Cueva, y sentado a la mesa de piedra, cogiendo con ambas manos la taza que su madre le presentaba, apurola con avidez y delicia, y exhaló un profundo suspiro, que fue el postrero. ¡Grata emoción que aceleró las contadas horas del apasionado amante de su patria, quien vivió bien ajeno de que en el placer de recobrarla hallaría la verdadera!