Casimiro lanzó un grito de inefable gozo. Allí, en el muelle, con los brazos extendidos hacia él, preñados los ojos de lágrimas, temblando de emoción, enajenados de alegría, le aguardaban sus ancianos padres. Quiso gritar pronunciando este dulce nombre, y no pudo; pretendió arrojarse a la escala, y una fuerza irresistible paralizó sus miembros; intentó respirar, y parecía que hasta el aire le negaba el vital aliento, y sin ser poderoso a otra cosa, cayó de golpe desmayado sobre la cubierta del buque.
La noche que sobrevino a aquel día, con tanto afán esperado, sorprendió al mísero enfermo tendido en el lecho en una modesta casa de la villa. Sus padres, dominados por medrosa ansiedad, llenos de tierna solicitud, clavada la vista en aquel cuerpo exánime, aguardaban anhelantes y suspensos que volviera a la vida.
De pronto, dando un profundo suspiro, abriendo los ojos como atónito y embelesado, y cogiendo con crispada mano la que su madre le tendía, comenzó a hablar de esta suerte:
«—¡Madre!... ¡Me ahogo!... ¡Siento las ansias de la muerte... pero todavía puedo sanar!... ¡Partamos, partamos en seguida!... ¡Tú puedes devolverme la vida!... ¡Tú puedes renovar la llama de esta existencia que se extingue!... ¿Te acuerdas de Covadonga?... ¿Recuerdas las placenteras horas que pasaba en tu regazo a la sombra de aquella cueva altísima?... ¿Se han borrado de tu memoria los besos que te prodigaba cuando tú, al verme jugar al borde de la oscura poza, cuna del Deva, me llamabas sobresaltada y yo corría a arrojarme a tus brazos?... ¿Has olvidado aquel día en que mi padre compró cerca del santuario la vaca blanca, y tú quisiste que yo fuera el primero en gustar del sabroso licor de sus henchidas ubres?... ¡Ah! ¡Me parece que lo estoy viendo con los ojos del alma! Allí, en el fondo del anfiteatro que forman los montes al cerrar estrecha cañada, destácase la gigantesca cueva en las entrañas de elevado peñasco que le sirve de cúpula colosal, y suspendida en mitad de aquella, como el nido de la mística paloma, la capilla de la Virgen milagrosa. De la inmensa cavidad, en cuyas grietas crecen innumerables arbustos y hierbas que con su diversa verdura y varias formas contrastan con los tonos de las rocas ya peladas y escuetas, ya cubiertas de húmedo musgo, salta el agua pura y transparente, que, formando bullidoras cascadas y escalonados remansos, se precipita al hondo valle, llevando la vida, la fertilidad y la abundancia a la tierra, y la admiración y el asombro a los sentidos... Yo estaba allí sentado en duro banco, blando y mullido para el cansado peregrino que va a apagar la sed en el santo manantial que brota copioso; bañaba el Sol los agrestes contornos del sagrado recinto; el sordo y cavernoso ruido del agua despeñada juntábase con el pausado son de la campana de la iglesia, y a lo lejos y a intervalos oíase el lastimero balido de descarriada ovejuela; por la ladera del monte frontero trepaba una robusta aldeana con paso pausado, arqueados los brazos, la cabeza erguida, y sobre ella, sosteniendo en equilibrio la cónica ferrada; en un sotillo de la revuelta del río, el toro y el caballo partían fraternalmente, sin recelo alguno, la abundante hierba que liberal les ofrecía el suelo; conducía una rapaza por un verde sendero un hato de tiernos novillos, que triscaban alegres y juguetones; un anciano, encorvado bajo el peso de los años, vestido de groseras pieles, subía, apoyándose en tosco cayado, el áspero camino del vecino puerto; un romero, con el bordón en la mano y el sombrero y la esclavina cuajados de conchas, dirigíase con grave y mesurado andar a la venerada mansión que la piedad de los fieles ha consagrado a Nuestra Señora: todo era paz, todo ventura, todo apacible bienestar y dulce recogimiento.
»Convaleciente de grave dolencia; fatigado de la penosa cuesta que, bordeando el riachuelo, conduce al santuario; débil y desmayado el cuerpo y atento el ánimo contemplando el magnífico panorama que se ofrecía a mi vista, acometiome profundo y deleitoso sueño, del que me sacó tu voz, tu dulce voz, madre querida, y el suave aliento de tus puros labios al depositar un ardoroso beso en mi mejilla helada.
»—¡Pobre hijo mío! —exclamaste—. ¡Estás yerto! Espera un instante y devolveré el calor a tu cuerpo frío. — Y solícita y diligente, me trajiste la escudilla de leche de la vaca blanca. ¡Delicioso instante aquel! ¡Cómo apuré el tibio y espumoso licor por tus manos servido! ¡Cómo confortó mis fuerzas con su virtud reparadora y su calor suave! ¡Cómo sentí restaurar en mí el vital sostén, pujante y vigoroso!... Mas también ahora lo recobraré... ¡Partamos, partamos a Covadonga! Vea yo aquellos santos lugares, aspire las balsámicas auras de nuestro escondido valle, sacie mi sed en la rica leche de las vacas que se apacientan en sus fértiles y accidentadas praderas, y volverán la dicha y el placer a mi contristado espíritu, y la salud y la vida a mi cuerpo enfermo y desfallecido!»
***