A esta última llegó nuestro asturiano cuando contaba apenas tres lustros, y a fuerza de trabajos sin cuento, de indomable perseverancia y de paciente resignación, al frisar con los veinticinco años viose dueño de 15.000 pesos, mezquino caudal a los ojos del rico y del ambicioso, y considerable para el pobre que ha pasado una existencia llena de privaciones, y cifra su ventura en vivir modestamente en el rincón de una provincia. Mas las fatigas con tan firme voluntad arrostradas, robando al sueño y al esparcimiento del ánimo sus naturales fueros, y, sobre todo, la idea fija de la patria lejana, minaron lentamente aquella naturaleza raquítica y gastada; y a la nostalgia, dolencia a que tanto propenden los emigrados de nuestras provincias del Norte, siguió la calentura que resiste a todos los febrífugos, la calentura terrible de la tisis, casi siempre mensajera de la muerte.
No la creía cercana Casimiro, porque se despertó en él una confianza absoluta, una fe ciega en el remedio de sus males: la patria. Allí estaban la alegría, la salud, la vida.
Volver a ella, abrazar a sus ancianos padres, cobijarse bajo el humilde techo de la casa solariega; recrear la vista en los seres y en los objetos inanimados, confidentes y testigos de su infancia; sentir el dulce calor del propio hogar; respirar el perfumado ambiente de los aires nativos; ir al cercano santuario de Covadonga, y allí sentarse a la mesa de piedra, al pie de la gigantesca Cueva, junto a la bullente cascada, y beber una taza de leche servida, como en sus años juveniles, por su adorada madre: tal era el ardiente anhelo del pobre enfermo. ¡Inmensa dicha, felicidad suprema para aquel desterrado, consumido por fiebre lenta e incesante!
En vano el solícito ruego de la amistad y el porfiado consejo de la ciencia pretendieron librarle de los azares de larga navegación, mayormente por coincidir con la época del equinoccio: Casimiro tomó la vuelta de España, y al rayar el alba de uno de los primeros días del mes de octubre avistaba desde el vapor el promontorio a cuyos pies se asienta Gijón, el gran centro industrial, marítimo y mercantil de Asturias.
¿Cómo describir la emoción del viajero al saludar las costas de su patria después de tan larga ausencia? De pechos sobre la obra muerta, fija la mirada, llorosos los ojos, anhelante el aliento, suspenso el ánimo, contemplaba aquella bendita tierra que óptica ilusión iba acercando poco a poco hacia él, mientras el buque, a impulsos del comprimido vapor, avanzaba majestuosamente. No parecía sino que los abruptos y salientes cabos de Torres y de San Lorenzo, que flanquean la ancha y espaciosa concha, en cuyo centro se alza la península de Santa Catalina, eran dos gigantescos brazos que se extendían en medio de la inmensidad del Océano para dar la bienvenida al recién llegado, y que el Sol, al asomarse por los balcones orientales, rasgando las blancas brumas que invadían el horizonte, señalaba, allende los montes cubiertos de espléndida verdura que a la izquierda mano se mostraban, el venturoso y suspirado término del viaje.
Mas ¡cuán lenta es la marcha del tiempo a medida que nos aproxima al bien que ansiamos! ¡Qué distancia no separa al fervoroso deseo de su próxima y segura satisfacción! Soporta resignado el navegante largas y mortales horas de mar, pero no puede resistir sin impaciencia la última.
Rechinó por fin el cabrestante del ancla, la cual, desprendiéndose de proa, sumergiose con grande estrépito en el mar, estremeciendo la flotante mole con el rápido rodar de la pesada cadena.