¡Obra gigantesca reservada solo al genio ibérico, como perpetuo testimonio de su elevada y civilizadora misión en el continente africano!
LA TAZA DE LECHE
Asturias es una de las comarcas de la Península ibérica más dignas de ser visitadas.
El viajero que recorra aquella privilegiada provincia, admirará por todas partes soberbios monumentos y venerandas ruinas, brillantes páginas de la gloriosa historia de la Reconquista; risueños valles circundados por elevadas y caprichosas montañas, en cuyas laderas la Naturaleza, pródiga y liberal, ha derramado sus variados y magníficos dones; bullidoras cascadas que se precipitan de las quiebras de las rocas, formando cristalinos arroyos y pausados ríos que culebrean por las verdes hondonadas; blancas y extendidas playas que en suave declive penetran en el mar, casi siempre agitado, flanqueadas por una costa, ya acantilada, ya compuesta de hacinados y cavernosos peñascos, contra los cuales se estrellan furiosas las olas; y, salpicados sobre tan hermoso panorama, ricos pueblos, risueñas aldeas, y pintorescos caseríos que habitan gente de cariñoso trato, alegre carácter y dulce lenguaje. Y mientras suspende los sentidos la contemplación de tantas bellezas, el aire puro del Océano, saturado de las emanaciones de una flora exuberante, renueva suave la escondida llama de la existencia, y un cielo rara vez despejado, con sus opacas nubes que se ciernen en el espacio, y sus flotantes nieblas que cortan el horizonte, convida blandamente a la concentración del espíritu y a ese apacible bienestar, a esa vaga transición que separa la vigilia del sueño; reflejo acaso de la eterna dicha que espera el alma, libre de sus carnales lazos.
¡Oh! ¡cuán triste la ausencia para el que ha nacido en aquella venturosa tierra, y desde extraño suelo aviva la memoria del bien perdido, recordando el añoso castaño que sombrea la rústica casita; el hórreo o la panera sobre toscos pilares de piedra sustentados; la fuente murmuradora que se desliza por el copioso prado; la enhiesta torre de la antigua iglesia, por donde trepa la hiedra, asomando por las grietas el verde helecho; la lejana y escueta cumbre del elevado monte; la frondosa colina cuajada de manzanos; los oscuros robles de aterciopeladas hojas, notables por su altura y corpulencia; el fúnebre ciprés y el poético sauce, que a veces turban la monotonía del bosque; los cercados maizales que generosamente ofrecen el pan del campesino; la casi siempre solitaria higuera, el humilde avellano y el altanero y pomposo nogal, cuyos gustosos y abundantes frutos son el regalo del rico y el alimento del pobre; la conseja, al amor de la lumbre, referida por un anciano, mientras chisporrotea el nudoso tronco de una encina; el familiar regocijo con que sangran allí el tonel repleto de sazonada sidra; las alegres y animadas ferias y romerías al son de los tambores, las gaitas y las panderetas; los cadenciosos bailes populares y el antiquísimo de la Danza prima, acompañado de canto melodioso; los sencillos goces de la infancia placentera, los tiernos afectos que a su calor nacieron, y en fin a la patria remota, que la imaginación reviste de sus más brillantes colores, y que no se aparta jamás del santuario del pensamiento!
Tan dulces recuerdos contristaban el corazón de Casimiro. Era este un joven de débil complexión y de enérgico espíritu, hijo de honrados y pobres labradores de la Riera, en el concejo de Cangas de Onís, el cual, llevado del propósito de aliviar la mísera condición de sus ancianos padres, se acogió al remedio a que apelan todos los años millares de españoles deseosos de mejor fortuna, que es el pasarse a las repúblicas de la América latina o a la isla de Cuba.