—¡Oh, el padre Carmelo! —exclamaban los frailes del convento de la calle de Alcalá, esquina a la del Barquillo—. ¡Oh, el padre Carmelo! —repetía el vulgo de Madrid. Y esta frase ganó las tapias de la capital de España, y propagándose por la Península e islas adyacentes, acabó por adquirir carta de naturaleza, no solo en nuestros dominios ultramarinos, sino también en cuantos países del Nuevo Mundo conservan el mermado tesoro de la lengua castellana.
¡Qué gloria para las letras patrias, y sobre todo para la excelsa Orden a que pertenecía su autor, cuando saliesen a luz las magistrales obras del gran Carmelo, émulo del celebérrimo Tostado! ¿Eclipsaríase la fama de este insigne obispo? ¿Substituiríase la frase vulgar de «ha escrito más que el Tostado» por la de «ha escrito más que Carmelo»? ¡Problema de la acción reformadora del tiempo!
Por fin, después de larga vida consagrada, al parecer, a la meditación, al estudio y sobre todo a escribir, gastando resmas y más resmas de papel de barba, el padre Carmelo prolongó un día, más que de ordinario, las horas de siesta, porque no volvió a despertar.
La noticia de su muerte produjo universal expectación; iban a conocerse las obras del nuevo Bossuet, del águila de la calle de Alcalá.
Celebráronse con pompa extraordinaria los funerales, y después la comunidad se trasladó procesionalmente a la celda del difunto, para proceder al inventario de sus numerosos manuscritos. Rotas las cerraduras de los estantes, por no encontrarse la llave, se sacaron de aquellos hasta quinientos veintisiete tomos, numerados y puestos con el mayor orden, los cuales fueron conducidos en triunfo a la sala capitular, donde el padre prior anunció que iba a leer el primer volumen.
La ansiedad pintada en todos los semblantes; fijos los ojos del venerable cónclave en las rugosas manos del superior del convento, quien temblaba de emoción y al peso de los años; su hábito blanco y castaño oscuro, iluminado por un polvoriento rayo de sol que descendía a través de ojival ventana, y en la pared frontera un lienzo al óleo representando a San Elías, que, con su actitud y la inmovilidad de sus pupilas parecía fascinar al monacal concurso: tal era el cuadro.
El prior sacó de la manga un pañuelo de hierbas, limpiose el copioso sudor de la calva, se puso los anteojos, tosió, y señalando los tomos colocados sobre varias mesas, dijo:
—Vamos a recoger la herencia, fruto de la labor infatigable, de los desvelos y vigilias, del claro entendimiento y de la profunda sabiduría de aquel eminente varón que fue nuestro hermano, y que goza ahora de la bienaventuranza eterna.
—Amén —contestó la comunidad.
—Como la lectura ha de durar algunos meses, procedamos con orden; leeremos un volumen cada día. He aquí el primero. Sentaos.