Tanto pudo su locura, que una noche, estando de servicio en las avanzadas, echose junto a un montón de cadáveres insepultos, y fingiéndose dormido, miraba con el rabillo del ojo a aquellos fantásticos muertos para ver si, creyéndole desprevenido, variaban de postura; mas como no daban la menor señal de vida, exclamaba para sí: «¡Qué taimados! ¡Capaces son de no moverse hasta la consumación de los siglos, y hacer que se pudren y se convierten en polvo si saben que he de volver a pasar por este sitio! ¡Qué admirable tenacidad! ¿Qué poder sobrenatural rige y gobierna esa aparente humanidad, esa ilusión que me persigue por todas partes, ese espejismo maravilloso que miente sin cesar en medio del árido desierto de mi vida?»

Donde tuvo empero uno de los mayores raptos de enajenación mental fue en el campamento del Hambre. Una cena opípara que siguió a tres días de privaciones y de insomnio, perturbó de tal manera su cerebro que, saliendo de la tienda a tomar el aire, veía todos los objetos dobles, y meditando sobre el caso se decía: «¡Yo siempre he creído en un mundo ilusorio, pero no en dos! Ahora me parece que coexisten. ¡Si tendrá el mundo el don de la ubicuidad!»

Con tan raros pensamientos echose a dormir, y a la mañana siguiente, reflexionando sobre lo que le aconteció por la noche, discurría de esta manera disparatada: «La embriaguez me hizo ver los objetos dobles; ordinariamente los veo sencillos; luego en estado normal soy víctima de una alucinación a medias.»

En fin, sus heroicos hechos, y jamás el bajo valimiento, eleváronle a los primeros puestos de la milicia. Terminada la guerra, era ya comandante, y las contiendas civiles que sobrevinieron algunos años después a nuestra patria sin ventura, fueron grande parte para que tuviese ocasión de completar su merecido encumbramiento.

Cuando yo le conocí en el Casino de Madrid, ceñía la faja de general. Hasta entonces no comenzó a figurar en la política.

Antojósele ser diputado, y no faltaron electores fantásticos que le votasen.

Como hablaba poco y su continente era grave, todo el mundo le tenía por político ducho y de talla, y cierto periódico habló de él como de un hombre providencial, llamándole «rayo de luz en medio de las tinieblas que envolvían los destinos de la nación», y «áncora salvadora con que íbamos a dar fondo en el seguro puerto de la felicidad de la patria».

Estas figuras retóricas produjeron su efecto, porque el Ministerio que había logrado antes aquel puerto entendió que hombre tan extraordinario era muy a propósito para dar lustre al nombre español en extranjeras tierras; y así, antes de que se formase el partido de los solitarios, proyecto que estaba ya en gestación, propuso a nuestro héroe un cargo diplomático en una de las principales cortes de Europa.