El cual fue aceptado sin modestas resistencias. ¿Quién era superior a él? ¡Los grandes hombres de Estado, los reyes, los emperadores, se le representaban a sus ojos como espíritus aventajados, como eminentes artistas, como primeros actores del teatro en que se consideraba único espectador!

Desempeñó su embajada, y fue tenido por el primer diplomático de su tiempo. Había resuelto el gran problema: no decir más que lo que quería. Nadie pudo competir con él en arte tan de suyo difícil.

En la corte donde estaba acreditado, conoció a una gentil doncella, la más hermosa entre las beldades de aquel reino. Sin amarla quiso casarse con ella: aspiraba a la envidia universal, si aquellos duendes podían envidiarle.

Consiguió su objeto; pero no contaba con el huésped en forma de suegra, el más horroroso de los fantasmas, el spirito folletto, la pesadilla de la humanidad-yerno.

Y huyendo de aquel azote, renunció el destino y vínose a Madrid.

Y el Ministerio tembló, y los periodistas no dieron paz a la pluma.

Pero aquel hombre era muy otro. No quería nada. El tedio, esa crónica dolencia de los hombres extraordinarios, minaba su alma. La idea de la inmortalidad le infundía espanto.

Deseaba tener sucesión, y la esterilidad de su espiritual consorte causábale profunda pesadumbre.