«¡Es claro —decía para sí—, los seres producen otros seres a ellos semejantes! ¿Qué ha de nacer de un hombre y de un espectro? Sería un producto híbrido no previsto por la naturaleza, si existe algo que merezca este nombre.»
Una noche, al volver más temprano que de costumbre a casa, sorprendió a su esposa de tertulia con un apuesto joven. Aquella se turbó al pronto; pero repuesta del sobresalto, con la sonrisa en los labios, exclamó:
—¡Tomás, te presento a mi primo Rafael!
Y Solitario no dudó de aquel vínculo de familia.
Mas como para esto le era forzoso admitir la posibilidad de parentesco entre los espíritus, inventó, en consonancia con su disparatada hipótesis, una teoría sobre la afinidad de determinados fluidos psíquicos.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Vivió hasta el fin de sus días sospechando de todo, menos de la virtud de su mujer.
¡Estaba predestinado a tener fe ciega en lo que nadie creía!
***
¡Cuántos como Tomás Solitario son externos de los manicomios porque sienten el rubor de sus íntimos desvaríos!