Años ha que, imagen verdadera del que va en pos de la constancia de una mujer, de la fidelidad de un amigo, de la gratitud de un deudor y de la baratura de un Gobierno, recorro las calles de la corte buscando lo que no encuentro. En mal hora y en menguados tiempos vine al mundo.

Rendido por el cansancio solté el cesto que sustentaban mis hombros, y ocultándome a las recelosas miradas del sereno, que con sus ronquidos daba claros indicios de la vigilancia urbana, senteme en el batiente de una puerta, y alargando el gancho comencé a revolver los varios y diversos objetos que en el cesto traía.

—¡Oh, si hablaran —exclamé fijando en ellos mis ojos—, qué de cosas dirían! ¿Qué sería escuchar esta faja de Gobernador, condenada al desprecio por el uso? ¿Qué este pedazo de sable, probablemente en cien pronunciamientos desenvainado? ¿Qué esta pluma, vendida tal vez al mejor postor? ¿Qué esta charretera, quizás por no muy gloriosos caminos alcanzada? ¿Qué esta espuela, acaso testigo mudo y auxiliar poderoso de fugas vergonzosas? ¿Qué dirían tantos despojos aquí aglomerados, revueltos y confundidos?... ¡Ah, si la verdad no anduviese tan escondida o con tanto artificio disfrazada! . . .

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Mis párpados se fueron cerrando insensiblemente. El ayuno prolongado, que avivaba en mi memoria el dulce recuerdo del bien perdido, y la frescura precursora de la mañana, que yo, enemigo de la luz, veía acercarse como la nube preñada de granizo el labriego, como al recaudador de impuestos el propietario o el industrial, como el vencimiento del cupón el Ministro de Hacienda, fueron parte para que me asaltase un sueño profundísimo.

Acababa de cerrar los ojos, cuando imaginé que se alzaba del fondo de mi cesto una figura de humanas formas. Mortal palidez cubría su semblante, una sonrisa helada vagaba en sus labios, sus ojos brillaban con la claridad de los astros, y su continente era tranquilo y mesurado.

Dirigiome una mirada grave y compasiva, y con voz clara y sonora se expresó de esta suerte:

—Yo soy la Verdad, por muchos pretendida, pero por pocos buscada con amor. Nací libre, pero la mano del hombre me sujeta a dura opresión y martirio. Ora al despótico yugo me sujetan, ora me disfrazan hasta confundirme con la mentira. Me viste con el traje de la virtud la mujer infiel; con afeites me acicala la entrada en años; me oculta con la máscara del patriotismo el mercader político, y con la de la libertad el ambicioso que quiere encumbrarse por torcidos caminos. Con fiera crueldad me sacrifican pomposos anuncios que ofrecen oro a manos llenas; palabras deleitosas que arrullan el oído cortesano, y pensamientos que al calor de la ardiente imaginación se fraguan.