Soy poderosa y bella; pero pocos se avasallan a mi imperio y rinden culto a mi hermosura deslumbradora. Muchos me siguen cuando alzo el vuelo a altísimas regiones y dejo en pos de mí los lindes terrenales; pero ¿quién puede gloriarse de conocerme siempre?
¿Pretendiste oír mi voz? ¿Has querido que salga del fondo de tu cesto miserable? Aquí me tienes. Yo te diré cuanto saber deseas. ¡La escoria social presentaré a tu vista: el ladrón que roba y es ensalzado; el que aleve mata y en medio de la opulencia vive; el perjuro que inspira confianza con el testimonio divino; el que con sangre humana comercia; el que seduce a la virtud y trafica con el vicio: cuantas miserias echan raíces a la sombra de la ambición y de la codicia!
Antes, empero, ya que quieres conocer historias ajenas, debes comenzar por recordar la propia.
Pobres y honrados padres diéronte al mundo, y por no ser lo primero, tuviste a menos la virtud que te legaron. El ejemplo de locas ambiciones satisfechas y de rápidos o inmerecidos encumbramientos, fueron grande parte para que la envidia, por la ruindad de tus pensamientos concebida, hiciera remontar el vuelo de tu vana presunción y estúpida arrogancia. Diste oídos a los seductores halagos del interés, y a él sacrificaste el pundonor; codiciaste el bien ajeno y perdiste el propio al azar; contrajiste deudas sagradas, profanando la palabra con el torpe propósito de no cumplirla; atento solo al logro del deseo inmoderado, renunciaste el apacible goce de la paz del alma, y al verte ahora abandonado de la fortuna, miserable y harapiento, condenado a una existencia triste y errante, sueñas aún en la dicha. ¡Vana quimera! ¡Consuelo que engendra la desesperación! ¡Inútil porfía!
—¡Basta, basta! —exclamé intentando apartar de mí aquella visión—. ¡Más me valiera no haberte conocido!...
Los primeros rayos del sol, dando de lleno en mi rostro, me despertaron.
Recogí el cesto, y retirándome a mi buhardilla, decía para mí:
—Mis ilusiones se parecen a las de muchos españoles, que comen a medias y huelgan por entero: hasta tal punto les preocupa la esperanza de un destino, o de un premio de la lotería.
¡Si sueñan alguna vez en el desengaño, no despiertan nunca con el sentimiento de la realidad!