Reconocida la irresponsabilidad de los reos, el tribunal, como usted sabe, dispuso que fuesen encerrados en un manicomio; pero el Gobierno, usando de facultades extraordinarias, ordenó su deportación a las islas Carolinas, donde se fundará una colonia con destino a los anarquistas declarados locos por veredicto del Jurado.

El ministro de la Gobernación, accediendo a mis reiteradas instancias, me autorizó a acompañar a los deportados y a prestarles los auxilios de la ciencia.

Todos hemos llegado sin novedad a Manila a bordo de un crucero de guerra; y después de proveernos de víveres y carbón y de recibir órdenes del capitán general de Filipinas, proseguiremos nuestro viaje a Tomil, en la isla de Yap, capital de las Carolinas Occidentales.

Durante la travesía de Barcelona a Manila, intentaron amotinarse varios deportados, y el comandante del crucero, que es un señor que rehúye toda conversación conmigo, pero que suele sonreírse al verme, mandó que aquellos infelices dementes fuesen puestos a la barra. Yo quise protestar en nombre de la ciencia; pero mi colega, el médico de a bordo, me disuadió de ello diciéndome:

—¡Cuidado, compañero, que las ordenanzas de la Armada son muy severas; no se ponga usted en el caso de que le apliquen el mismo castigo que a sus clientes! Además, debe usted saber que la barra es un medicamento sedativo muy eficaz y muy recomendado para calmar las excitaciones cerebrales en la terapéutica oficial de las sociedades flotantes.

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Tomil (isla de Yap), 20 de Junio de 18...

¡Qué viaje el de Manila a esta isla! ¡No lo olvidaré jamás! En la mañana del 12 del corriente mis pobres enfermos, a causa tal vez de la influencia del clima, dieron muestras de verdaderos arrebatos de demencia, rompiendo varias tablas del sollado donde estaban encerrados, y arrojándose de improviso sobre los centinelas. Por fortuna tuvieron estos tiempo de hacer fuego, y tomando las armas la tripulación, que estaba sobre cubierta ocupada en el baldeo, logró sofocar el motín y reducir a los revoltosos.

En el acto se formó sumaria, resultando de ella el descubrimiento de una conspiración entre algunos deportados para volar el crucero. Se probó también que abrigaban el propósito de apoderarse de los botes y ponerse a salvo. ¡A pesar de su locura, no habían perdido el instinto de conservación!