Colonia de la Anarquía, 1.º de Agosto de 18...

En cuanto se alejó el destacamento de esta colonia agrícola, mis enfermos, tranquilos y al parecer resignados desde su llegada a la isla, negáronse a trabajar, y poseídos de violento arrebato de locura, acabaron por declararse en abierta rebelión, saqueando el depósito de provisiones y destruyendo cuanto les vino a mano. Intentaba reducirlos a la razón, ya con ruegos, ya con amenazas, cuando de pronto me echaron sobre una manta, y comenzando a levantarme en alto, se holgaron conmigo, hasta que, rendidos y cansados ellos, y molido y estropeado yo, dieron con mi cuerpo en el suelo, y por fin me dejaron solo en medio de estas soledades. ¿Cabe prueba mayor de su demencia? ¡Abandonarme y tratarme de tal suerte, cuando soy su amigo, su protector, casi un padre para todos ellos!

Hoy he recibido la visita de fray José, de la misión de San Francisco de Goror, por cuyo conducto remito esta carta a Tomil. Este santo varón, que conoce la lengua del país, y que con gran celo apostólico se dedica a la obra de la conversión, me refiere que los deportados merodean por el interior de la isla, saqueando y destruyendo las chozas de los naturales, a quienes llaman burgueses en estado salvaje. ¡Burgueses ellos, que no tienen nada, absolutamente nada, ni siquiera un pedazo de trapo con que cubrir sus cuerpos!

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Colonia de la Anarquía, 3 de Agosto de 18...

Los carolinos, víctimas de los atropellos, persecuciones y crueldades de los anarquistas, se han levantado en armas contra estos, obligándoles, mal de su grado, a regresar a la Colonia, donde reina el mayor desorden y confusión.

Un indígena, converso, que habla con bastante corrección el castellano, alumno de los Padres Capuchinos, se ha presentado aquí esta mañana: viene en calidad de parlamentario, y dice que los pilums o régulos de las tribus vecinas celebraron consejo, acordando dar muerte a los deportados si estos salen de los límites de la Colonia.

—En esta mano traigo la paz, y en esta la guerra —dijo el parlamentario, mostrando en la derecha una cruz toscamente labrada y en la izquierda una flecha—. ¿Qué queréis?

—Convertiros al anarquismo —contestó uno de los deportados.