—Pues nosotros queremos que no creáis en Dios, y que renunciéis a la propiedad, a la familia y a la tribu, y que neguéis la obediencia a vuestros pilums y al gobernador español, y sobre todo que despreciéis a los misioneros.
—¿Y cómo vais a conseguirlo?
—Con la fuerza; derribando vuestras chozas, incendiando los bosques de cocoteros, arrasándolo todo y pasando a cuchillo cuantos hombres, mujeres y niños caigan en nuestras manos.
—¿Es así como convertís a las gentes? ¡Con el fuego, la devastación y el asesinato, destruyendo el bien que recibimos del cielo y derramando sangre inocente!
—Así y solo así, si os oponéis a vuestra regeneración.
—Entonces nos defenderemos hasta convertiros en polvo. Tenemos la razón de nuestra parte, y somos más que vosotros.
—Pero ha de poder más el terror, arma suprema que amedrenta a nuestros enemigos y hasta a nuestros jueces.
—¡El terror! Aquí no lo sienten más que débiles mujeres, y estas no combaten ni hacen justicia. ¿De qué sirve la flecha en mano que tiembla? ¿Quién da en el blanco con lágrimas en los ojos? En nuestras tribus pueden los hombres ceder a la fuerza, pero nunca al miedo.
Dichas estas palabras, el indígena arrojó al suelo la flecha que llevaba en la mano izquierda, y besando la cruz se alejó de la Colonia.