—¿Acaso lo sé yo?—dijo la señora de Hermany—. ¡Ah! ¡gracias a Dios ya llueve!

Bajó rápidamente dos o tres escalones de la gradería, y expuso su cabeza a la lluvia, que empezaba a caer con fuerza, recogiendo las gruesas gotas en sus manos y refrescándose con ellas la frente.

—Os ruego, Luisa, que entréis—dijo con dulzura Juana.

Subió lentamente y parándose delante de su amiga:

—Tendremos que separarnos—dijo con tono breve y altanero.

—¿Por qué?—dijo Juana—, yo no tengo la pretensión de reformar el mundo... lo único que os pido es que no me habléis nunca de vuestros amores ni de los míos. Sobre todo lo demás, nos entenderemos perfectamente... Nuestra amistad será para mí un gran recurso, y creo que la mía podrá seros útil.

La señora de Hermany la estrechó apasionadamente contra su pecho, y besándola:

—Gracias—le dijo.

Volviéronse ambas a sus habitaciones; y dos horas después, cuando, el día empezaba a aclarar, Juana estaba todavía sentada a los pies de su lecho con las mejillas húmedas y la mirada fija en el espacio.

IV