—¿Cómo habéis podido creer eso?—volvió a decir—. ¿Cómo es que habéis podido pensar que saliese ilesa de esos cenagales donde el miserable de mi marido me ha lanzado?
Juana no contestaba, ahogada por los sollozos.
—¿Sufres, hija mía?
—Mucho.
—Vamos, ven, entonces, a respirar el aire libre, ven.
Y tomándola de la mano, la levantó con alguna violencia y la llevó fuera. Hízola sentar a algunos pasos de la baranda, sobre el terrazo, y permaneció de pie, recostada sobre una de las columnillas que sostenía la galería. Miraba a la mar sobre la que continuaban pasando algunas luces intermitentes.
Después de un largo silencio, alzó la voz nuevamente:
—Eres una loca, querida Juana—dijo—, eres una loca, como yo lo he sido, como lo somos todas en el principio de la vida. Mi marido, después de todo, me ha hecho un servicio sin quererlo; me ha libertado de mis pañales, y aliviado de mis excesos de idealismo. La verdad es, querida mía, que todas somos ridículamente educadas... Esas educaciones etéreas falsean nuestro entendimiento... Lo cierto es que no hay nada en la tierra, ni en el cielo, mucho lo temo, que pueda responder a la idea que nos hemos formado de la felicidad... Nos educan como a espíritus puros, y en realidad no somos más que mujeres... hijas de Eva... nada, nada más. Nos vemos obligadas a descender o a morir, sin haber vivido... Quien quiera hacer de ángel, hace de estúpida, ¿sabes? ¡Ah! ¡Mi Dios! Nadie empezó a vivir con un corazón más puro que yo, os lo aseguro, ni con ilusiones más generosas, ni más elevadas creencias... Pues bien, yo he reconocido, un poco antes que otras, gracias a mi honrado marido, que todo eso era sin objeto, sin aplicación, ni realidad... que nadie me comprendía... que hablaba una lengua desconocida en nuestro planeta... que yo era la única de mi especie, en una palabra. He tenido que resignarme a elegir, aceptar los únicos placeres de que este mundo dispone...; después de haber soñado con amores extraordinarios, he tenido que contentarme con un vulgar..., pero, no hay otros, porque hay que responder a nuestro destino, y el destino de una mujer es amar y ser amada... ¡Esto es todo, querida!
—¿Qué quieres? Soy un ángel caído... y trato de arrastraros en mi caída... ¿No es verdad? ¿No es ése vuestro pensamiento?... Así lo leo en vuestros grandes ojos, a cada relámpago que pasa...; A más de esto, la decoración está ahí. Ese cielo y ese mar ardiente... y yo aquí, con el cabello en desorden y presentando mi frente a la tempestad... Muy poético, ¿no es verdad? De todos modos, soy bien miserable al deciros tales cosas; siempre hay tiempo para aprender.
—¿Por qué me lo decís?—preguntó Juana, que durante aquel extraño discurso había recobrado alguna calma.