Hacía siete u ocho años que había perdido a su hijo mayor, Guy de Lerne; el segundo, Jacobo, salía de Saint-Cyr al tiempo de la muerte de su hermano. Viendo a su madre sola, dio su dimisión para vivir a su lado. Era un joven muy bien dotado, que si hubiese querido dar impulso a sus dotes naturales, habría llegado a ser un hombre de talento. Pintaba acuarelas muy agradables, pero sobre todo era excelente músico, y algunas de sus composiciones, valses, «berceuses» y sinfonías eran de un mérito superior. Pero sea indolencia natural, sea el desaliento de ver interrumpida su carrera, no era otra cosa que un simple dilettante, y para complemento, se había convertido en un mal sujeto. Excepto en casa de su madre, donde el deber lo retenía, poco se le veía en la buena sociedad, donde nada se divertía, y sí mucho en la mala, donde parecía gozar inmensamente. La señora de Lerne había intentado casarle en los primeros tiempos, hay que hacerle esta justicia; pero se había manifestado tan recalcitrante sobre aquel artículo, que había variado de pronto sobre sus ideas de una unión honorable que lo sacase cuando menos de sus malas compañías.

Hacía tiempo que había echado los ojos para tan laudable destino, sobre Juana de Maurescamp, cuyo desastre conyugal no había escapado a su vieja experiencia. Sin entrar al respecto con su hijo en explicaciones malsanas, trató siempre que pudo de ponerle ante sus ojos a aquella seductora criatura, sin descuidar ninguna ocasión de revelar sus bellas cualidades. Pero Jacobo, aunque evidentemente impresionado de la extrema belleza de Juana y de su distinguida inteligencia, no había manifestado sino un interés distraído. Fue entonces cuando la condesa, que vigilaba atentamente a la joven, viéndola a punto de caer en los lazos de Monthélin, resolvió dar un golpe teatral, tanto en el interés de su hijo cuanto por odio hacia el hombre que había podido matarle.

Escribió una mañana a Juana, diciéndole que iría a verla, salvo contraorden, a las tres de la tarde, porque tenía que confiarle algo muy importante y agradable. Juana, algo intrigada con aquel misterio, la esperó a la hora indicada. Viola entrar en su gabinete con un sirviente portador de una de esas casillas de mimbre, adornada con cordones, franjas y borlas, que se usan ahora para los perros. La condesa llevaba maternalmente entre sus brazos a un pequeño perrillo de pelo largo y sedoso, una verdadera miniatura de faldero blanco y rojo, que decía ser originario de Méjico y que era admirado y codiciado por todos sus conocedores.

—Mi muy querida—dijo—, me habéis dicho que estabais enamorada de Toby. Permitidme que os lo regale.

La señora de Maurescamp exclamó:

—Pero, ¡es posible!

—Hace mucho tiempo que me preguntaba qué es lo que podría hacer para agradecer a una joven tan amable y encantadora como vos, su bondad y fidelidad para con una amiga anciana... Es una cosa tan rara... Estoy tan agradecida, ¡tan agradecida! Al fin he hallado algo que pueda agradaros, y soy feliz, podéis creerlo.

Juana no recordaba muy bien la ocasión en que había manifestado su entusiasmo por Toby, pero, no por esto, dejaba de apreciar el sacrificio que se le hacía.

—¡Ah, señora, querida señora!—dijo toda confundida—. ¿Pero, cómo podré aceptar un animal tan lindo, tan gracioso, tan extraordinario? ¡Pero qué privación! ¡oh Dios mío! ¡y esa casilla tan preciosa!

No, no es posible... y para acabar la frase, Juana saltó al cuello de la condesa de Lerne, cosa que hizo aullar a Toby.