—Ven, amor mío—dijo Juana tomándolo en sus brazos y cubriéndolo de caricias.
Sentáronse, y la señora condesa, contestando a las preguntas repetidas de Juana, diole instrucciones sobre el modo de cuidarlo, alimentarlo, y hasta de medicamentar a Toby.
En seguida se informó de la salud de Maurescamp, añadiendo:
—No sé por qué os lo pregunto, no hay sino mirarlo... su salud es admirable. ¡Es un hombre magnífico... magnífico! Da gusto ver un hombre así...
—¿Y vuestro hijo?—preguntó Juana—. ¿Cómo está?
—¿Mi hijo?... ¡Ah! él es otra cosa... delicado de naturaleza... ya sabéis, artista, pero en fin, ¡sino fuera más que eso!
—Pero, ¿es un buen hijo?—dijo tímidamente Juana.
—Ciertamente, es un buen hijo; en cuanto a esto, sí, es un buen hijo, no hay duda. Y, decidme, queridita, ¿estaréis libre mañana? Es mi miércoles... ¿Queréis venir a comer con nosotros? Os encontraréis con vuestra amiga la señora de Hermany.
—Con mucho gusto... Creo que el señor de Maurescamp no tiene ningún compromiso.
—Perfectamente, entonces... Pues bien, cuento con vosotros.