Levantose la señora de Lerne como para retirarse, pero antes quiso despedirse de Toby y Juana volvió a manifestarle sus agradecimientos. Al fin la palabra que esperaba la señora de Lerne salió de sus labios:
—¡Dios mío! ¿qué podré hacer yo a mi vez que pueda seros agradable?
La condesa volviose bruscamente hacia ella y mirándola con su amable sonrisa de vieja:
—Casad a mi hijo—díjola.
—¡Ah! en cuanto a eso—contestó alegremente la señora de Maurescamp—, es una empresa de que no me siento capaz.
—¿Por qué, pues?—repuso en el mismo tono la condesa—. Por el contrario, yo os considero capaz para todo.
Juana abrió, sin contestarle, sus grandes ojos interrogadores.
—Yo estoy verdaderamente convencida de que mi hijo aceptaría gustoso la mujer que le designarais.
—Pero, ¿qué ocurrencia, mi querida señora?—continuó Juana, mirándola siempre con la misma sorpresa.
—No me chanceo... Y si tuvieseis una hermana que se os pareciese, sería asunto concluido.