—Os aseguro—dijo Juana—, qué no os comprendo... Vuestro hijo apenas me conoce.
—Perdón... os pido mil perdones; mi hijo os conoce perfectamente... es muy observador... Muy perspicaz... Sé perfectamente que os aprecia mucho... No tengo más que decir sobre eso... Pero estoy segura de que, en cuanto a esta cuestión del matrimonio, tendríais grande influencia sobre él... Y si le propusieseis, supongo, a una joven, una de vuestras amigas... pues bien, yo creo que la aceptaría con los ojos vendados, os lo aseguro.
—¡No creo una palabra!—exclamó Juana.
—Y yo estoy segura... Ensayad y veréis.
Las dos echáronse a reír.
—No, seriamente—replicó la condesa—, pensad un poco en ello... Buscad entre vuestras amigas, entre vuestras conocidas... ¡Ah! me haríais un gran servicio.
—Pero os diré primeramente que vuestro hijo me da mucho miedo.
—¡Oh!—exclamó la condesa estupefacta.
—Positivamente... Tiene un aire tan burlesco... Es tan mordaz, tan acerbo... Y en fin...
La joven pareció perpleja.