—Y a más es un calavera, ¿no es verdad?

—¡Oh! ¡Dios mío! Yo no sé, yo no tengo que ver con esto.

—Sí—dijo la condesa—, es un calavera, no hay duda, pero como todos estos perdidos, tiene un corazón de oro, y a más de todo esto, es encantador... ¡Ah! que obra de caridad sería la vuestra, hija mía, si me ayudaseis a librarlo de las garras de esa Lucy Marry... porque es Lucy Marry ahora, ¿sabíais?

—¡Ah!

—Sí, de la Opera... la que hace de paje... ¡Esto es horrible, horrible! Ya veréis eso con vuestro hijo. Mientras tanto, tratad de casar al mío, y qué bueno sería eso... y nadie, os lo repito, sino vos, puede hacer ese milagro... ¡Adiós, querida hermosa! Volvió a besarla, y ya en la puerta, antes de salir, volvió a decirle:

—Mañana le diréis algo, ¿no?

—¡Vaya! veré de hacerlo—dijo Juana.

La condesa se retiró al fin muy contenta de su campaña y no tenía por qué no estarlo, pues por la primera vez, desde muchos meses atrás, se ocupaba Juana de otro hombre que no fuese Monthélin. Había comprendido muy bien lo que la señora de Lerne le había dicho con insinuaciones y palabras solapadas, a saber, que tenía en su hijo Jacobo un admirador fervoroso. Esto la intrigaba, ¿Cómo? ¿por qué? ¿Qué relación existía entre ellos? Nada de esto podía explicarse.

Tendiose en su sillón y trató de recordar las ocasiones en que se había encontrado con él, las palabras que le había dicho, su actitud y la expresión de su mirada. Era cierto que aquel mocetón, frío, espiritual y fastidiado, le había intimidado siempre; sentíase inquieta cuando se le acercaba en su salón. Creyó recordar, sin embargo, que siempre la había tratado con una cortesía excepcional, dispensándola de las bromas burlescas con que gratificaba a las demás mujeres. Halagábala el pensar que era respetada por aquel libertino. Trajo a su memoria, aquella bella fisonomía cansada y altanera, aquellos ojos penetrantes, sus mejillas limpias y sus largos bigotes caídos a lo tártaro. Sonriose a la idea de tomar a aquel personaje, terror de las jóvenes, bajo su protección maternal; pero acabó por decirse que nunca se atrevería a hacerlo.

Entregada estaba a estas reflexiones, alisando con su blanca mano las grandes orejas de Toby, cuando la puerta dio paso a la bella presencia y a las patillas azulejas del señor de Monthélin.