—«¡Agua que duerme!»—dijo el joven, inclinándose un poco hacia ella.

La señora de Hermany se ruborizó; después, mirándole de frente con aire de niña en su primera comunión:

—¿Y por qué «Agua que duerme»?

—Por nada... es un nombre indio.

—Y yo, señor, ¿tengo también un apodo?—preguntó Juana sonriendo.

—¿Vos?—dijo. Fijó en ella la mirada, saludola ligeramente y añadió en tono serio:—¡No!

Viéndola un poco turbada, cambió inmediatamente de conversación, hablando de las piezas nuevas, de los museos, de los países extranjeros que había visitado, pareciendo hacerle aquellas ligeras observaciones, únicamente para tener el gusto de oír sus respuestas, y mirándola con aire grave y dulce, como para animarla a contestarle con exactitud.

¡No había duda! Sí, decididamente algo había de extraordinario. En el modo de hablarla, escucharla y mirarla, notábase una mezcla indefinible de bondad y distinción que parecía reservada únicamente para ella. ¿Cómo ella no se había apercibido antes?... ¡Qué singularidad!... Y tanto más singular era lo que sucedía, cuanto que ella no era, no, absolutamente de aquellas a quienes aprecia un hombre semejante. Pero, al fin, era una fineza de su parte, y Juana desde entonces se consagró con todo empeño e interés a la tarea de casar a aquel joven que, a pesar de sus malas compañías, conservaba todavía algunas buenas cualidades.

Pasó revista inmediatamente en su memoria a todas las jóvenes que conocía y que pudieran convenirle, pero en aquel momento no encontró ninguna.

Después de la comida, una parte de los convidados pasó a la pieza de fumar; el señor de Lerne les seguía, cuando su madre le detuvo.