—Jacobo—díjole—, toca tu último vals a la señora de Maurescamp antes que lleguen los demás convidados; no te lo ha oído, y estoy segura de que le gustará.
—Os pido que lo hagáis, señor—dijo Juana.
El señor de Lerne saludó y sentose al piano. Tocó el vals nuevo y algunas otras piezas nuevas que le pidió Juana.
Como sucede casi siempre en tales casos, los convidados, después de haber escuchado un rato, retiráronse a conversar cada uno por su lado. La señora de Maurescamp quedó sola como dilettante obstinada, cerca del piano y de Jacobo, en una de las extremidades del salón.
Cuando el joven hubo terminado una ritornela brillante y paseaba distraído sus dedos sobre el teclado, Juana creyó llegado el momento fisiológico:
—¡Qué talento tenéis!—díjole—, y a más, pintáis muy bien, según dicen.
—Borroneo un poco...
—¡Qué cosas tan curiosas hay en este mundo... cosas inexplicables!—articuló la joven como hablándose a sí misma.
—¿Soy yo, señora, quien os sugiere esa reflexión?
—Sí, tenéis todos los gustos que pueden detener a un hombre en su casa... y vivís... en el círculo...