—¡Dios, mío! ¡Vaya!—dijo el señor de Lerne.

—Señor Jacobo—replicó Juana, cuyo abanico se agitó violentamente.

—¿Señora?

—¿Os voy a parecer muy indiscreta?

—¡Soy tan indulgente!...

—Vuestra madre desea veros casado.

—Me lo figuro, señora.

—¿Y vos no lo queréis?

—No, señora, absolutamente.

—¿Tenéis alguna razón para ello?