—Una sola, y es que no conozco una sola que sea digna de mí.

—¡Ah! ¡Mi Dios!

—Es decir, perdón...—replicó Jacobo con la misma gravedad—: estáis vos... pero vos no sois libre... y por otra parte...

—Por otra parte, ¿qué?—preguntó la joven, tendiendo el arco de sus cejas.

—Por otra parte... vos, vos misma estáis a punto de caer.

—¡Pero, señor Jacobo!

—Excusadme, es mi opinión.

—¿Por qué?—continuó Juana.

—Por que elegís mal vuestros amigos.

—¿Eso quiere decir, supongo, que hago mal en no elegir al señor Jacobo de Lerne?