—No... de veras... no. Y, sin embargo, tal cual me veis, había nacido para comprender y aun para participar de los amores de los ángeles.

—¡Ah! francamente—dijo riendo la señora de Maurescamp—, si he de dar crédito a las voces que corren, os halláis muy lejos de los amores de los ángeles.

—¿Qué queréis? Me han desanimado—dijo el señor de Lerne riendo a su vez—. ¿Me permitís, señora, contaros una historia escandalosa?...

—Me interesará mucho... pero supongo que tendré que irme a la mitad.

—Yo no lo creo. Es una historia que os aclarará muchas... es la de mis primeros amores... en que me conduje como un miserable... Pero no anticipemos. Tenía, señora, veintiún años, y por extraño que parezca, no había amado todavía... Tenía entonces, de las mujeres y del amor, una idea extraordinariamente elevada, casi santa. Tenía en mi corazón un verdadero tesoro de abnegación, de amor y de respeto, al que no me era dado dar una mala colocación. En fin, encontré una mujer a quien amé, como ella quería ser amada, y que no amó como ella quiso amarme. Pertenecía al mundo más aristocrático. Estaba mal casada, sobre eso no hay que decir, y era muy desgraciada, no era joven ya, pero por eso mismo la amé más todavía, pues había sufrido mucho... Bella en extremo todavía, aunque rubia; y a más de una honestidad timorata que me desesperó más de una vez... Porque, en fin, aunque me era sagrada, yo tenía veinte años... Pero había que respetarla o alejarme de ella...

Nuestras entrevistas eran raras y cortas. Su marido era celoso y la vigilaba de cerca. Podíamos muy bien darnos algunas citas por los medios más vulgares. Pero todo lo que era vulgar, todo lo que hubiese podido degradar nuestro amor, nos repugnaba igualmente a ambos... Los meses se pasaron en este encantamiento y en esa contrariedad. A pesar de sus reservas, muy penosas sin duda, que su conciencia me imponía, quizá a causa de esa misma reserva, sentíame tan enamorado y tan feliz, como se puede serlo en este mundo; sentía la más grande alegría al dar a aquella criatura tan querida, toda su felicidad perdida, sin tener ningún remordimiento serio, porque lo poco que me concedía, habríaselo concedido a un hermano, y sin embargo, ese poco era para mí la más suprema voluptuosidad.

En una hermosa noche del mes de octubre, durante las cacerías—éramos vecinos en el campo—, su marido había ido a pasar veinticuatro horas a París... A fuerza de súplicas y de juramentos, pude conseguir que me concediese pasar una hora en su habitación...

—¡Perdón!...—dijo la señora de Maurescamp, levantándose de su asiento—, ¿si me fuese?

—No, no, no temáis nada.

—La habitación estaba en el primer piso y se abría sobre el parque. Penetré allí hacia media noche por una ventana un poco alta y de un acceso bastante difícil a cuyo alrededor había, lo recuerdo, algunos bejucos y jazmines y clemátides que esparcían por la noche un olor exquisito, no sé si fue aquel olor un poco capitoso, o la impresión nueva para mí de aquella habitación personal... pero debo confesaros que aquella noche estaba menos resignado que nunca a los, escrúpulos inhumanos que se me oponían... Aquélla fue una escena dolorosa que no recuerdo sin avergonzarme...