—¡Ah! ¡Dios mío!—exclamó Juana—, ¿oís? es una verdadera tempestad y nieva también, ¿verdad?
—¡Nieva mucho!—dijo Lerne—. Es muy agradable estar al lado de vuestro fuego, con un tiempo semejante...
—Cuando os digo—replicó Juana riendo—que sois un hombre casero.
—¡Ah! ¡en eso estamos! Pero, señora, decidme al fin, ¿por qué deseáis tanto que me case? Tan, original idea no, puede ser vuestra... Si he comprendido bien el otro día, es mi madre quien os la ha sugerido.
—Sí, ciertamente.
—¡Ah!—dijo—, es mi madre.
Quedose pensativo, después de un instante:
—Siento—añadió—no poder hacer lo que mi madre y vos deseáis, pues ya lo he dicho, no quiero casarme.
—¿Porque no hay en el mundo ninguna mujer digna de vos? Ya es sabido.
—¡Por Dios, señora, permitidme explicaros...! Vos sabéis que en materia de religión las gentes que menos la practican son las más exigentes y más austeras. Con nada están satisfechas. Yo, os dicen ellas, si yo creyese, ya lo veríais... haría esto y lo otro... en fin, la perfección... Pues bien, yo soy lo mismo en materia de casamiento... Lo comprendo de tal manera, que creo que nadie es capaz de comprenderlo como yo... Esta es la razón por que no me caso.