—¿Cómo lo comprendéis? Veamos—dijo la joven en un tono de una ligera ironía.
—Os reiríais de mí, si os lo dijese.
—Creo que no. Ensayad.
—Pues bien, señora, el matrimonio es para mí el amor por excelencia... Puede ser que el amor en el matrimonio sea un sueño, pero es el mejor de los sueños, y si alguna vez se realiza, aunque sea a medias, no debe haber en el mundo nada más agradable y elevado. Es el único que merezca verdaderamente el nombre de amor, porque es el único también al que la idea religiosa le da algo de eterno... El divorcio, de que se habla tanto este año, me desagrada por eso... Porque le quita al matrimonio el sentimiento de lo infinito... Ese sentimiento puede ser una traba para las almas vulgares o para los mal casados. Pero imaginaos dos seres que se han elegido antes de unirse, que se conocen bien, que se estiman, en fin, que se aman, y pensad cuánto debe añadir a su felicidad la certidumbre de su duración sin fin. Es un camino encantado el que siguen aquellos dos seres. Viendo con arrobamiento que se pierde en los horizontes sin límites donde el cielo se confunde con la tierra... ¿Os fastidio, señora?
—No—dijo Juana.
—Pues bien—añadió el señor de Lerne—, no me imagino una existencia más completa que la de esos viajeros, que son al mismo tiempo dos amigos. Su ser es doble. Todos sus sentimientos son más vivos, sus alegrías mayores; sus penas disminuyen. Si son inteligentes, como supongo, llegarán a serlo más. Si son honestos, serán mejores. Por su íntimo contacto, por el cambio continuo, por la tierna emulación y el deseo mutuo de no desmerecer uno de otro. En estos tiempos de perturbaciones por que pasamos, habría soñado más que nunca en una unión de una intimidad sin igual entre dos seres igualmente generosos y delicados, apoyándose y fortificándose el uno al otro, para conservar a la vez el corazón elevado y los gustos puros... Para mantenerse fieles a sus antepasados, en cuanto al honor y a los viejos maestros, en cuanto al arte y poesía. Para admirar juntos lo que es eternamente bello y despreciar lo que no lo es, para refugiarse en las alturas como en un arca y hablar allí de todo lo que conmueve el corazón o el pensamiento de esta hora de los siglos, ¿Qué más os diré?... para poner en común su creencia... o sus dudas. Para pensar alguna vez juntos en Dios, creer, buscarlo y llorarlo... ¡Ya veis, señora, que todo esto es puramente locura!
La actitud de Juana, mientras escuchaba al señor de Lerne, era encantadora; un poco inclinada hacia adelante, mirábale con sus grandes ojos admirados, cual si viese surgir ante ella una fuente de delicias, y sus labios se entreabrían como para beber en ella.
Guando hubo cesado de hablar, vio a la joven secar furtivamente una lágrima que corría por sus mejillas. Turbado él mismo, por un movimiento irreflexivo de simpática atracción, le tendió la mano.
Juana retiró suavemente la suya tomando un aire circunspecto.
—Perdón—dijo el joven—, creía que éramos amigos.