—Ninguna otra puede ser mejor—replicó Jacobo cuya voz temblaba un poco—; y si algo me admira—prosiguió con extraña animación—, es que las mujeres, en el momento de caer, no las detenga con más frecuencia el recuerdo de sus hijos... ¿Creen ellas que no llegará un día en que sus hijos sepan por las habladurías de la gente, su conducta ligera o culpable? Y el hombre que no respeta a su madre, ¿qué queréis que respete en el mundo? Faltándole el respeto a su madre, todo le falta, todo se desmorona... Ya no existe para él el mundo moral... Desde que no tiene fe en su madre, no la tiene en nada. Su vida es un desencanto eterno, y si las mujeres pudiesen ver lo que pasa en el corazón de un hijo desgraciado, en el momento que llega a saber... a sospechar de su madre...
El señor de Lerne se detuvo oprimido por un sollozo.
Hizo el movimiento desesperado de un hombre que no puede contener sus impresiones, volvió la cabeza y cubrió sus ojos con sus manos.
Juana, como todo el mundo, había oído hablar de la juventud demasiado ligera de la condesa de Lerne; y comprendió.
Hubo un momento de penoso silencio. La señora de Maurescamp dejó violentamente su sillón y avanzando dos pasos tendió la mano al joven.
Jacobo se levantó de su asiento, sus ojos se encontraron, estrechó con fuerza la mano que se le tendía, saludó y salió.
Aquella brusca partida dejó inmóvil por un instante a la señora de Maurescamp; dio algunos pasos inciertos por el salón, y en seguida dejose caer en un confidente, entregada a la más profunda meditación, sosteniendo con la mano su cabeza y enjugando a intervalos las lágrimas que caían lentamente de sus ojos. ¿Por qué lloraba? En la turbación en que aquella escena la había dejado, no se daba cuenta ella misma de sus lágrimas.
El sonido del timbre en el vestíbulo hízola repentinamente contraer sus cejas; algunos momentos después la puerta se abrió para dar paso al señor de Monthélin.
—He sabido por el señor de Maurescamp que no salíais hoy y me he atrevido...
—Sois muy amable... Acercaos al fuego, pues.