—Sí—contestó con energía...—eso es lo que le pido. Sin excusas, se entiende; y al pedirle esto, le pido una cosa enteramente justa, honorable y sensata... porque en realidad es el único medio de reparar el mal que ha hecho a su honor y al mío... Es el único medio de imponer a las calumnias, a las que ha dado origen con su conducta de esta noche, y a las que este duelo daría un carácter irreparable de verdad. Si es capaz de hacer justicia a su mujer inocente, la verdad tiene mucha fuerza, le creerán, y yo, amigo mío, si pudiera comprender lo agradecida que le quedaría, con cuán piadoso respeto se lo probaría, respetando en adelante sus susceptibilidades, que tal vez he descuidado demasiado... ¿y quién sabe, también si esa acción generosa, no sería entre nosotros un nuevo vínculo?... Probados los dos por la desgracia, mejor instruidos por, la experiencia... y los pesares... ¿quién sabe si nuestros corazones no se unen?... ¡quién sabe! ¡bah! de usted dependería, se lo aseguro... llegar a ser para mí mi mejor, mi único amigo.
—Todo esto es muy bello, sin duda—dijo el señor de Maurescamp, enderezándose dentro de su corbata—, pero es puramente novela... ¡Siempre ese miserable espíritu de romanticismo que les pierde a todas!
—¡Ah, mi Dios!—replicó la pobre mujer, vertiendo lágrimas...—pues bien, ¿qué es lo que queréis? decid, ¿qué exige?... ¿que despida al señor de Lerne, que no le vea más?... ¿que le sacrifique esta amistad, y cuantas pueda tener en adelante? Sea, se lo prometo... me comprometo a hacerlo... viviré sola... viviré como pueda... a más, mi hijo crece... me ocuparé de él... él será mi amigo... Sí, así será... se lo juro, y cumpliré mi palabra... Pero, por favor, por favor, amigo mío, no lleve a efecto ese duelo... No hay razón, no hay motivo para ello; es una monstruosidad, se lo aseguro. ¡Mire, se lo pido de rodillas!
Y echose a sus pies, desatinada y llorosa.
—Se lo pido con las manos juntas... con todo mi corazón, con todas mis lágrimas... sed bueno... se lo ruego; tened compasión, no me desespere...
—¡Vamos, ahora es melodrama!—dijo Maurescamp, rechazándola.
—¡Ah, desgraciado!—exclamó la joven levantándose, y enjugando sus ojos; y tomándole violentamente las dos manos añadió con voz contenida:
—No sabe usted lo que hace, no, no lo sabe; no le diré que mate, sería demasiado decirle, pero usted me condena.
Y soltándole con ímpetu las manos:
—Puede irse—dijo—, ¡adiós!