El señor de Maurescamp salió.
Permaneció la joven por algunos momentos agobiada y como anonadada sobré el tapiz, el cabello en desorden, la mirada fija y seca, agitando una mano por intervalos, con un movimiento de extravío. Fue sacada de aquel abatimiento por algunos ligeros golpes dados a la puerta de su salón. Levantose inmediatamente. Era su camarera, anunciándole que la señora de Lerne deseaba hablar un momento con la señora baronesa.
—¡La señora de Lerne!
—Sí, señora... ¿Diré que la señora está un poco enferma? La señora no tiene buen aspecto.
—Hazla entrar.
La señora condesa de Lerne apareció, lívida, la mirada extraviada, todas las líneas de su cara hundidas, y convulsas. Sin fijarse desde luego en el desorden en que se hallaba Juana, fue hacia ella con el paso rígido de un espectro y dijo clavándole la vista:
—¡Su marido se bate mañana con mi hijo!
—Lo sé—contestó Juana—; acaba de decírmelo.
—¡Ah!—replicó amargamente la anciana señora—. ¿Acaba de decírselo? ¡Es el acto de un cobarde!
—Sí, pero usted, ¿cómo lo sabe?