—Por Luis, el viejo criado de mi hijo, que ha sospechado algo hace poco, y que después ha oído toda la conversación de los testigos.
—¿Y usted sabe, señora—replicó Juana—, que no hay nada malo entre su hijo y yo?
A la verdad que aquello era nuevo para la vieja condesa. Y en su tribulación, no pudo disimular una especie de sorpresa candorosa:
—Pero, entonces—dijo—, ¿no hay pruebas?
—¿Pruebas de qué? ¡Puesto que no hay nada!...
—¿Y su marido no ha querido creerla?
—No.
—Entonces, ¿nada hay que esperar?
—¡Nada!
La señora de Lerne dejose caer en un sillón y quedó inmóvil, muda, inerte. Después de un silencio, Juana se le acercó.