—¿Su hijo está en su casa?
—Sí.
—¿Su carruaje está abajo?—insistió Juana—. Pues bien, partamos... iré con usted... quiero verle.
Mientras hablaba, cubría su cabeza con un velo y envolvíase en sus pieles.
La señora de Lerne se levantó indecisa.
—¿Es prudente lo que hace?
—¿Qué cosa peor puede suceder?—dijo Juana con un gesto de suprema indiferencia, induciéndola a salir.
La condesa vivía en la Avenida Montaigne. En un momento estuvieron allí. Mientras iban, impuso a Juana con palabras entrecortadas de todo lo que sabía, de la causa aparente del duelo, del nombre de los testigos, del arma elegida, de la hora y lugar de la cita.
Era cerca de la una de la mañana, y Jacobo terminaba sus últimas disposiciones, cuando vio con estupor abrirse violentamente la puerta de su biblioteca y dar paso a Juana.
—¡Ah, Dios mío!—exclamó—. ¡Usted... es posible!