—Sí, lo sabemos todo, su madre y yo—dijo Juana sofocada—, y he venido, he querido venir... aquí estoy.
—¡Mi madre también!...—murmuró Jacobo—. ¡Ah, qué contrariedad!... ¡Qué desagrado! Pero, ¡pobre amiga mía! ¿qué viene a hacer aquí? Se pierde.
—Lo sé—contestó dolorosamente dejándose caer en una silla—, pero he querido verle una vez más.
Y sollozaba.
—Querida señora... hija mía...—dijo él con dulzura; tomándole la mano—; reponeos; se lo pido, y volved pronto a su casa... Esté usted segura de que este duelo no tendrá consecuencias funestas... Entre dos hombres que saben tirar, y que son casi de la misma fuerza, un duelo no es más que un asalto sin peligro.
—¡Ah, le odia tanto!
Las lágrimas la sofocaron.
—De modo que esto ¡se acabó! ¡Se acabó para siempre! ¡Oh, qué injusticia! ¡Dios mío! ¡qué injusticia!
—Querida hija mía—repuso Jacobo—, retírese, se lo pido... ¿supongo que no tratará de quitarme la calma en este momento? ¿No es cierto?... Decidle a mi madre también, que le suplico que sea razonable, que no hay ni la sombra de un peligro, ni la sombra... si quiere dejarme tranquilo.
—Pues bien—dijo Juana levantándose—. Adiós, pues, adiós; mucho nos hemos querido, ¿no es verdad?