—Sí, hija mía, sí.

Mirolo algunos instantes sin hablar, y acercándose un poco:

—Sí—repitió.

Y presentándole su frente:

—Bésame ahí—dijo—, a fin deque, si mueres, tengas a lo menos eso.

Jacobo depositó un beso en los cabellos de Juana, y sosteniéndola con un brazo, condújola fuera de la habitación hasta las primeras gradas de la escalera.

—Pronto, a su casa—díjole besándole la mano precipitadamente.

Y alejose.

XII

La señora de Maurescamp volvió pronto a su casa, conducida por la señora de Lerne. Su ausencia había sido corta. Sus criados no vieron nada de extraordinario y su imprudente paso quedó ignorado de su marido.