—¡Ah, madre mía, le odia tanto! ¡nos odia tanto a los dos!... y no es bueno, a más de eso; ¡es malo!
Sin embargo, se adhirió a aquel pensamiento que le sugería su madre: eso es bastante verosímil, si el señor de Maurescamp era hombre de honor, como el mundo lo entiende... no querría abusar de la desigualdad de fuerza... después, habríase acordado durante el viaje de todo lo que ella le había dicho... habría reflexionado más a sangre fría, habría llegado casi convencido de su inocencia... casi tranquilo... menos ávido de venganza...
Sentía también en todo lo que la rodeaba una influencia benéfica y tranquilizadora; sentíala en el silencio de aquel jardín con sus altos muros enclaustrados, en el aire puro y en el azul del cielo. En el olor de las plantas, y en la suavidad de un bello día, que ya declinaba. La imaginación no puede sino difícilmente asociar las ideas de violencia y escenas de sangre, a la tranquilidad encantadora de la naturaleza y a los que respiran el bienestar del campo y sus jardines, que ese bienestar debe reinar por todas partes.
El tiempo corría, mientras tanto, sin ninguna nueva emoción; las anteriores iban calmándose un poco, Juana y su madre, tomadas de la mano y sin hablar sentíanse como adormecidas por un suave entorpecimiento de los sentidos.
Era un poco más de las cinco de la tarde, cuando Juana se enderezó repentinamente; había vuelto a oír resonar el timbre del vestíbulo.
—Esta vez sí... ahí está—dijo.
Dos minutos pasaron; Juana y su madre estaban paradas con la vista fija en la puerta del vestíbulo. Un sirviente apareció con una bandeja en la mano.
—Es un despacho para la señora—dijo.
—Dadme—dijo Juana adelantándose dos pasos.
Esperó que el sirviente se hubiese retirado, y, sin abrir el telegrama miró a su madre.