—Pero, en fin, señor—replicó la joven balbuceando—; ¿usted cree... está seguro, que no tengo nada que temer por mi marido?... ¿que no puede ser herido?
—Estoy persuadido de ello.
—Bien, señor... gracias; le saludo, señor.
Siguiole con la vista, hasta que hubo salido, y tomando después la mano de su madre:
—¡Ah, madre!—dijo—. ¡Siento que me voy volviendo criminal!
Las puertas ventanas del comedor se abrían al nivel del jardín. La madre y la hija entraron en él y se sentaron juntas en un banco rodeado de lilas cuyas hojas empezaban a brotar. Apenas sentada Juana exclamó:
—Madre mía, después de lo que ha dicho ese hombre, si le mata... será un verdadero asesinato...
—Hija mía querida, te ruego que te calmes; ¡me haces tanto mal, tanto mal!... A más, lo que ha dicho ese hombre es por tranquilizarnos... porque, en fin, tu marido no es un monstruo, y entre gente de honor, no pueden suceder ciertas cosas. Si el señor de Lerne sufre realmente del brazo, si su brazo está debilitado...
—Sí—dijo Juana—, muchas veces me he apercibido de ello.
—Puen bien—prosiguió la madre—, tu marido lo habrá notado inmediatamente y se habrá contentado con desarmarle.