—Tal vez ellos mismos lo ignoran; ha pasado todo tan rápidamente... Pues bien, señor, la causa de ese viaje, ¿la sospecha usted, la adivina, sin duda, en el estado de tribulación en que nos ve a mi madre y a mí?... ¡A estas horas el señor de Maurescamp se bate en duelo! El maestro de armas sólo contestó con un ligero movimiento de sorpresa y un serio saludo.
—Señor—replicó la señora de Maurescamp, cuya palabra era al mismo tiempo precipitada e indecisa—, señor, ya comprenderá nuestra ansiedad... ¿Puede decirnos algo para tranquilizarnos?
—Perdón, señora, ¿puedo saber quién es el adversario?
—El adversario es el señor de Lerne.
—¡Oh! en ese caso puede estar bien tranquila.
Juana miró fijamente a su interlocutor.
—¿Tranquila?... ¿por qué?
—El señor conde de Lerne, señora—añadió el preboste, es uno de los que frecuentan nuestra sala, lo era al menos... conozco perfectamente su fuerza... tiraba muy bien, y hubo un tiempo en que hubiera podido luchar con el señor barón... pero después de su duelo con Monthélin ha perdido mucho... se cansa pronto, y no es dudoso que el señor barón dé pronto cuenta de él. Pienso, pues, que la señora puede estar tranquila.
—Entonces—dijo Juana después de una pausa—, ¿usted cree que va a dar muerte al señor de Lerne?
—¡Oh, matarle! espero que no... pero indudablemente le herirá o le desarmará, lo que es más probable, sobre todo si la querella no es muy seria.