El sirviente salió.

Después de algunos momentos de reflexión, la joven lo volvió a llamar.

—Augusto—le dijo—, deseo hablar al señor Lavarede... hazle entrar en el comedor, voy a bajar.

Y volviéndose a su madre:

—Venga conmigo—añadió—, quiero hablar dos palabras con ese hombre... después iremos al jardín... nos hará bien... hace muy buen tiempo... venga.

Bajaron dándose el brazo y se encontraron en el comedor con un hombre como de cuarenta años, que tenía la apostura dura y correcta de un militar, en traje de particular.

—Caballero—le dijo la señora de Maurescamp, con una voz un poco temblona—, deseo hablarle... Mi marido partió esta mañana para Bélgica... parece que ignora usted el motivo de su viaje...

—Sí, señora, lo ignoro.

—¿Los sirvientes no le han dicho nada?

—No, señora.