Mucho mérito tiene una mujer cuando apercibida de tales miserias, permanece siendo amable y sumisa esposa. La señora de Maurescamp tuvo ese mérito; pero para tenerlo viose obligada muchas veces a acordarse de que era cristiana, es decir, que pertenecía a una religión que ama las pruebas y el sacrificio.
No por eso dejó de ser feliz ante un acontecimiento muy previsto que tuvo lugar dos años después de su casamiento, y que prometiéndole un grato consuelo, asegurábale en su hogar una independencia y una soledad relativas. El nacimiento de un hijo vino pronto a darle el único goce puro que experimentara desde el día de su enlace: única felicidad, en efecto, que realizan en el matrimonio los goces prometidos.
Como se comprende, ella quiso criar a su hijo; llenaba aquel deber con tanto más placer, cuanto que le permitía ganar tiempo y prolongar respecto de su marido una situación con la que se avenía perfectamente. Pero llegó al fin el momento en que el niño debía ser despechado. Fue por ese tiempo que el señor de Maurescamp tuvo una noche la sorpresa de ver a su mujer bajar al comedor con su cabeza adornada a la Tito; habíase hecho cortar sus magníficos cabellos con el pretexto de que se le caían, y esto, no era cierto; pero esperaba que aquel pequeño sacrificio, afeándola, le evitaría otros más penosos. Había contado sin la huéspeda. Su esposo halló, por el contrario, que aquel adorno de soldadito, le sentaba muy bien dándole cierto aire original. La pobre mujer no sacó sus gastos y se resignó a dejarse crecer el cabello nuevamente.
Sin embargo, la libertad a que aspiraba en el secreto de su corazón debía venirle, por decirlo así, de sí misma, y del lado por donde menos la esperaba.
Una criatura tan noble y tan atractiva como ella, debía inspirar, así como sentir, la más profunda, ardiente y duradera de las pasiones: era digna de ocupar un lugar entre los amantes inmortales a quienes la historia y la leyenda han consagrado sus páginas imperecederas.
El amor de Maurescamp, sin embargo, no contenía ningún elemento durable: era, para emplear una expresión de actualidad, un amor naturalista, y los amores naturalistas, aunque no se parecen a la rosa, tienen, sin embargo, su efímera duración. Decíase, y así lo dejaba comprender a sus amigos, que se había casado con una estatua, bastante agradable a la vista, pero cuya frialdad habría desanimado al mismo Pigmalión.
Decía esto en términos menos honestos, tomando sus comparaciones de la historia natural con preferencia a la mitología. La verdad es que el señor de Maurescamp, que era sumamente celoso, no estaba disgustado de una circunstancia que creía ser una garantía para su hogar. En una palabra, disgustado al verse desairado, fastidiado de los escrúpulos y objeciones que se le oponían sin cesar, y ocupado, a más, por otro lado más agradablemente, retirose a su tienda definitivamente, de donde su mujer ni aun intentó sacarle.
III
Sería un error creer que porque una mujer renuncie al amor de su marido en particular, deje por eso de amar en general. Después de los primeros desencantos de una unión desigual, la mujer se repone del choque y se reconcentra. Continúa su sueño interrumpido, reforma su ideal alterado por un momento; y dícese, no sin razón, que es imposible que el mundo se ocupe tanto del amor, por nada; que no es posible que este gran sentimiento que llena la fábula y la historia, cantado por los poetas, glorificado por todas las artes, eterna ocupación de los hombres y de los dioses, no sea en realidad más que una quimera, y una quimera desagradable a más. No puede persuadirse de que tales homenajes sean consagrados a una divinidad vulgar, que tan magníficos altares se levanten de siglos en siglos a un ídolo de barro. El amor sigue siendo, por consiguiente, a pesar de todo y por todo, la principal ocupación del pensamiento, y la perpetua obsesión del corazón. Sabe que existe, que otros lo han conocido, y se resigna difícilmente a vivir y morir sin conocerlo ella también.
Es seguramente un peligro para una mujer, el conservar y nutrir, después de las decepciones del matrimonio, el ideal de un amor desconocido; pero hay un peligro aún mayor para ella, y es perderlo.