Por esa época, madama de Maurescamp se ligó con una estrecha amistad con madama de Hermany, dos años mayor que ella. La amistad es la tendencia natural de una mujer honesta, que quiere seguir siéndolo, y que siente el vacío de su corazón. Por mucho que se vanagloriase de su independencia conquistada, Juana de Maurescamp sólo tenía veinticuatro años, y su misma rectitud la hacía mirar con horror la larga perspectiva de soledad y abandono que se extendía ante ella. Ni su madre, a quien ocultaba su pena por temor de que viera en ello un reproche, ni su hijo, demasiado niño para poderla ocupar mucho tiempo, ni su fe desvirtuada por la indiferencia irónica de la gente, nada era bastante a su inmensa necesidad de confianza, expansión y sostén. Abandonose, pues, con todo el ardor de su alma, un poco exaltada, a aquel sentimiento que creyó le sirviese desconsuelo y a la vez de salvaguardia.

La señora de Hermany, a quien honraba con su amistad, era entonces, como lo es todavía, una mujer sumamente seductora. Pertenecía a la variedad rara y exquisita de las rubias trágicas; sin ser muy alta, imponía por la perfección de su belleza, por el brillo extraño de sus ojos de un azul sombrío, por el royo de inteligencia de su frente ancha y pura; tenía en los extremos de su boca un pliegue misterioso, que parecía formado por un amargo desdén. Decíase que había sido muy desgraciada, y una cierta conformidad en su destino la ligaba con la señora de Maurescamp. Habíanla casado como a ella, con una ligereza culpable, y como ella también llegado, aunque por distinto camino, a ese divorcio convencional, tan frecuente en los matrimonios de la alta sociedad. Habíase casado con su primo Hermany, joven de un físico agradable, pero, con la costumbre y los vicios de un truhán. Se repetía que no solamente había continuado su vida de soltero sino que se la había hecho participar a su mujer, ya sea por una especie de malignidad perversa, bastante a la moda, ya simplemente por ignorancia. Participaba con él de las fiestas del mundo de contrabando, de las partidas de jóvenes, de las carreras, de los almuerzos en los restaurants. Contábase que en uno de estos almuerzos al cual asistía un príncipe extranjero, ofendida la joven al fin por el lenguaje que se tenía en su presencia, había abofeteado a uno de los convidados; algunos pretendían que había sido a su mismo marido, otros que al mismo príncipe. De cualquier modo, desde aquel incidente, que hubiese o no recibido la famosa cachetada, el señor Hermany había sido invitado a considerarse como viudo. No lo sintió mucho, porque su mujer, en quien no podía desconocer la más humillante superioridad, le inspiraba tanto temor, que muchas veces se embriagaba para darse valor al presentarse delante de ella.

Esta leyenda, que era casi una historia, era conocida de la señora de Maurescamp, y ella prestábale gustosa todo aquello que pudiese hacer más interesante el papel de la señora Hermany. Representábasela joven y bella, sumergida en aquella sociedad infame, de la que la veía salir indignada y sin mancha, y se gozaba en colocar sobre su frente la aureola de las jóvenes mártires del cristianismo.

Lisonjeada y agradecida por aquel culto bondadoso, retribuíale la señora de Hermany su afecto con menos entusiasmo, pero con más sinceridad. Muy espiritual, instruida, algo artista, era muy capaz de apreciar los méritos de su amiga, y de competir con ella.

Pronto estuvo al cabo de todos sus secretos, y Juana creyó conocer los suyos. Sus existencias estaban ligadas íntimamente. Visitaban juntas y juntas recorrían las tiendas; tenían el mismo palco en la ópera francesa; iban juntas a los cursos de la Sorbona, y cuando llegó el verano, las dos se establecieron en Deauville, en el mismo pueblo.

Fue allí donde acaeció un acontecimiento que debía dejar un recuerdo profundo en el alma de la señora de Maurescamp.

Aunque conduciéndose muy bien las dos graciosas amigas, vivían en el gran mundo y eran muy rodeadas. Tan linda pareja, como decía la señora de Hermany, no podía dejar de llamar la atención de los admiradores.

Los aficionados al baile, de París, poblaban la costa, desde Trouville hasta Cabourg. A más, los señores de Maurescamp y de Hermany, con la deferencia de todos los maridos, tenían buen cuidado de llevarles algunos amigos todos los sábados por la noche, por si acaso.

Los homenajes de todos aquellos dilettantes eran acogidos sin cortedad ni familiaridad, con la seguridad tranquila y risueña que caracteriza a las mujeres de la sociedad que son honestas, y también a las que no lo son.

Por la noche tenían su conciliábulo antes de acostarse, y pasaban en revista burlesca a todos los pretendientes del día: llamaban ellas a eso la matanza de los inocentes, y algunas veces, la cacería de las antorchas. La señora Hermany era en esta ejecución nocturna, verdaderamente feroz. Entre los que trataba más mal, figuraba un joven llamado Salville, a quien llamaba el bello Salville, y que era, según decía, el más estúpido director del cotillón que jamás hubiese conocido. A la señora de Maurescamp, menos amarga, le parecía bello, y buen muchacho, sobre lo cual, la señora de Hermany le reprochaba, riendo, su gusto de pensionista y lavandera, por los mosquitos. En cuanto a ella, si no estuviese, por muchas razones, desencantada de los enamorados, no podría amar sino a un hombre maduro; y en seguida hacía de este hombre maduro a quien ella habría amado, un retrato severo y magistral, que desgraciadamente no se parecía a nadie.