Nadie siente una gran satisfacción en haber muerto a un hombre; y el señor de Maurescamp, por poco sentimental que fuese, no dejaba de experimentar ciertos remordimientos, que se adivinaban en las disposiciones conciliadoras que manifestó a la señora de Latour-Mesnil. Convínose, pues, en que la señora de Maurescamp quedaría con su hijo, y que acompañaría a su madre primeramente a Vichy y después a Suiza y Vevey, donde pasarían el verano. Mientras tanto, los sentimientos de uno y otro se calmarían, modificándose, tanto más, cuanto que en todo aquello no había habido sino una serie de errores.

Aquel duelo había ocupado a París durante ocho días.

La catástrofe final llegó a producir un movimiento de opinión favorable a la reputación de la señora de Maurescamp; había, entre la crueldad de aquel desenlace y las ligeras imprudencias de conducta que podían reprocharse a Juana y al señor de Lerne, una desproporción tal, que se impuso a todos y desarmó a la calumnia. La opinión general fue que el señor de Maurescamp se había mostrado feroz e implacable, para con un hombre que no tenía más crimen, según se creía, que el haber dado lecturas con su mujer. Estos rumores y apreciaciones de las gentes, tranquilizando la vanidad del barón y lisonjeando su orgullo, contribuyeron a la reconciliación de los esposos.

La señora de Maurescamp manifestose en los primeros tiempos completamente rebelde a toda idea de reconciliación. Pero después de dos o tres meses pasados en un estado de estupor desesperado, pareció despertarse repentinamente bajo la impresión de nuevas reflexiones. Declaró a su madre que cedía a sus consejos, que volvería a casa de su marido y que sólo pedía algunos meses de retardo.

—Es necesario—dijo, no sin un resto de amargura—dejar tiempo para que se le sequen las manos.

Desde entonces su humor cambió completamente; parecía gozan: con la vida y el porvenir presentarle algún interés, bastante para reanimar un poco su actividad y su espíritu.

Volvió, pues, a reunirse a su marido a fines de septiembre y entró en su casa tan naturalmente, cual si volviera de un viaje. A decir verdad, el señor de Maurescamp pareció el más embarazado de los dos. Por otra parte, nunca habían tenido la costumbre de las grandes expansiones; por consiguiente, nada parecía cambiado entre ellos; tocó sonriéndose la mano que él le tendió a su llegada, y la salud de su querido Roberto, su buen aspecto, su crecimiento rápido, diéronle un asunto fácil de conversación, que allanó todas las dificultades. Algunos días después fueron a instalarse al castillo de la Venerie, donde la presencia de los invitados debía evitarles el disgusto de las largas conversaciones.

Ya se comprende que la señora de Maurescamp fue por mucho tiempo para los huéspedes del castillo, como para los vecinos de la campaña, un objeto de la más insistente curiosidad; era imposible dejar de observar con especial atención la fisonomía y el porte de una joven cuyo nombre acababa de estar mezclado en una aventura tan trágica como misteriosa, y trascendente. Los curiosos no sacaron su gasto; la actitud de Juana era reposada y natural, a menos de suponerle una gran dosis de disimulo (cosa que no es temeraria suponer a su sexo), y había razón para pensar que había tomado definitivamente el partido de sobreponerse a los pesares y desagrados personales por que había pasado en época tan reciente.

Hallaban, pues, las gentes, como lo hemos dicho antes, que llevaba con demasiada despreocupación el duelo de un hombre muerto por ella, que, cuando menos, había sido su amigo.

—¡Esto no es animador!—dijo un día el bello Saville a la señora de Hermany—; si el pobre de Lerne resucitase por algunos instantes, su asombro no tendría límites.