—¿Por qué, amigo mío?
—¡Porque esto es chocante!—dijo el bello Saville, que no era un águila pero que tenía buen corazón—, se diría que la muerte de ese pobre muchacho ha sido una satisfacción para ella. Nunca la he visto más animada, más satisfecha... ¡Y hacednos matar por estas señoras!
—Pero, amigo mío, nadie piensa en hacerle a usted matar... Tranquilícese... y en cuanto a mi amiga Juana, es una persona a quien no se debe juzgar a la ligera... Yo no sé; todo lo que pasa en esa linda cabeza... pero hay en su pupila algo que no me agradaría si fuese su marido.
—Pues yo no veo nada en su pupila—dijo Saville;
—¡Naturalmente!—contestole la señora Hermany.
Aquel buen humor de Juana, que chocaba a todos, estaba muy lejos de desagradar a su marido; por el contrario, gustábale mucho.
—Es una mujer domada—se decía—. Esto es lo que hay; está domada. Ese es mi sistema, domar a las mujeres... Después que la mía ha recibido una lección, un poco fuerte, es verdad, ha recobrado su buen sentido práctico... ahora es cien veces más feliz y más amable que nunca... ¡Esto es perfecto, perfecto!
Habíase operado, en efecto, en los gustos y las costumbres de Juana un cambio muy original y digno de estudio; en vez de consagrarse casi exclusivamente como antes, a los goces del alma y de la inteligencia, habíase despertado en ella un gusto demasiado exclusivo por los placeres físicos. No abría un libro, el piano permanecía cerrado, su querida cartera no recibía ya sus impresiones, ni los extractos de sus poetas favoritos; había perdido su tendencia al entusiasmo y a conmoverse tiernamente, que tanto la había distinguido, y contraído la tan vulgar y detestable manía parisiense de la crítica perpetua. La equitación, la caza, el ballar, el baile, eran entonces sus pasiones favoritas.
Seguía a caballo las cacerías en los bosques de Compiègne, a pie las cacerías de tiro en los bosques de la Venerie y por la noche era una valsante infatigable. Los nombres nunca la habían visto más seductora, y hay que añadir que nunca creyeron que fuese tan coqueta; pues lo era, y tenía a más en aquel arte, nuevo para ella, la inconsciencia de una principianta que no conocía todavía lo justo de la medida. Las vivacidades de su conducta y de su lenguaje sobrepasaban algunas veces al nivel que separa a las gentes de buena sociedad de la mala. Pero Maurescamp no se disgustaba por ello; divertíale más bien y se reía con sus amigos.
—Ya está curada—decía—. Empieza una vida nueva... se excede un poco en el lenguaje, es verdad... como las recién casadas, que dicen disparates al día siguiente de su boda... pero eso pasará.