Fue resuelto que el encuentro se verificase a la mañana siguiente a las diez, en un claro del bosque de Marnes, contiguo a la Venerie, porque no pareció conveniente hacerlo en los mismos dominios del barón de Maurescamp.

Poco sueño tenían los del castillo aquella noche. Los extraños celebraban en su aposento sus conciliábulos animados; transmitíanse las opiniones de una pieza a otra. Los hombres discutían lo tocante al honor; las mujeres, excitadas y nerviosas, peroraban a media voz, enjugaban algunas lágrimas, y en su interior estaban contentísimas. Es inútil decir que el personal de la servidumbre estaba conmovido bajo las mismas emociones; es decir, experimentando esa inquietud alegre y ese agradable estado febril en que nos ponen generalmente los males ajenos.

En cuanto a los dueños de casa, es bastante verosímil que tampoco dormirían. Comprendiendo el señor de Maurescamp que el caso era de los más graves, viose obligado a poner en oí den sus negocios. Juana no quiso ver a nadie; se supo únicamente por su camarera que había pasado la noche paseándose de uno extremo a otro, y hablando en voz alta «como una actriz».

Cerca de una hora hacía que un sol pálido de fines de noviembre se había alzado sobre los árboles del bosque, cuando el señor de Maurescamp, cuyo dormitorio estaba en el primer piso, salía al patio a fumar un cigarro. Yendo caminando, llegó a la reja de la entrada, donde se halló con un joven paisano, de trece a catorce años, que quedó sorprendido al verlo; el barón creyó reconocer en él a un muchacho empleado en una posada del pueblo. La turbación del muchacho fue tanta, que el señor de Maurescamp, a pesar de sus preocupaciones, no pudo dejar de notarla.

—¿Qué quieres? ¿A dónde vas?—preguntole.

—Al castillo—balbuceó el muchacho, poniéndose colorado—. Al mismo tiempo, ocultaba confundido una de sus manos dentro de su blusa.

—¿Qué vas a hacer al castillo?—volvió a preguntarle.

—A ver a la señorita Julia.

Julia era la camarera de Juana.

—¿Quién te envía, hijo mío?