—Un señor—murmuró el niño, cada vez más intimidado.
—¿Un señor que está alojado en tu hotel, no es verdad?
—Si.
—¿Un oficial?
—Sí.
—¿Qué ocultas ahí, en tu blusa? ¿Una carta? ¿Qué? Dámela... vamos... dámela....
El muchacho, próximo a llorar, dejose tomar por grado o por fuerza, un papel que estrujaba en sus manos crispadas.
La carta no tenía dirección.
—¿Para quién es esta carta?
—Para la señora.