—¿De modo que te la han dado para la señorita Julia, para que ella se la dé a la señora?

El niño indicó que sí.

—Pues bien, hijo mío, yo voy a hacer la comisión... Ven conmigo a esperar la contestación, si hay alguna.

Y el señor de Maurescamp, seguido del muchacho, volvió sobre sus pasos, atravesó rápidamente el patio y entró en sus habitaciones.

Apenas estuvo en ellas, cuando rompiendo el sobre de la carta destinada a su mujer, leyó estas palabras que no estaban firmadas, pero cuya procedencia no había como poner en duda:

«Esté tranquila. Por su cariño tendré consideración con él.»

El primer movimiento del señor de Maurescamp, siempre dispuesto a la cólera, fue romper y echar al fuego aquel insolente billete. Pero una reflexión lo contuvo. Tomó un sobre nuevo de su bufete y colocole en él. Repentinamente había sido asaltado por una extraña curiosidad; quería saber si su mujer contestaba, y lo que contestaría.

Fue adonde estaba el muchacho y díjole entregándole la carta:

—Hijo mío, no he podido encontrar a la señorita Julia... Debe estar ocupad.... Llama en aquella puerta de enfrente y pregunta por ella. Toma cien sueldos por tu trabajo.

El muchacho dio las gracias y fue hacia la puerta indicada.