—Yo no me quejo, señora—dijo Beatriz sonriendo débilmente.

—¿Ve usted, señor? no se queja pero asiente.

El piafar de los caballos acompañado de un tumulto de risas y de voces anunció que la cabalgata estaba de vuelta. Tres o cuatro hermosas jóvenes se apearon, sosteniendo con sus manos las colas de sus vestidos, que por aquellos tiempos se tenía el buen gusto de llevar más largos que ahora, y presentaron sus frentes a los besos de la baronesa, mientras que otras en cortos y ligeros trajes de mañana se precipitaron detrás de las primeras, agitando con triunfal aire diminutas redes que esparcieron por el salón acre olor a pescado y a fango.

—¡Jesús, hijas!... ¡Qué perfume!... ¡Qué horror!—exclamó la baronesa—. Beatriz, en seguida mi tarro de sales; luego, que estas señoritas te den sus redes y llévalas a la cocina.

—Perdone usted, tía—dijo el marqués de Pierrepont, tomando vivamente aquellos artefactos—; las voy a llevar yo.

Fabrice, grande observador, por instinto y profesión, advirtió al momento que la lectriz palideció ligeramente y que por contrario efecto se encendieron las mejillas de la baronesa.

Llevadas por Pedro las redes a la cocina, acompañó después a Fabrice a sus habitaciones, pero antes de quedarse éste en ellas díjole al marqués:

—Dime, Pedro, ¿quién es esa señorita que leía el diario a tu tía?

—Una parienta, la señorita de Sardonne. Una pobre huérfana que mi tía ha recogido.

—Nunca me habías hablado de ella.