aquellas señoritas

Pierrepont había llegado a los Genets un lunes. Hacia el mediodía del domingo siguiente, abandonó a los huéspedes de su tía, quienes tenían concertada una partida de pesca, para después del almuerzo, y se fue a la estación inmediatamente con el fin de esperar a su amigo y presentarlo a la baronesa. Encontraron a la señora de Montauron haciendo una labor cualquiera en una inmensa sala tapizada de blanco y en cuyas paredes campeaban antiguos retratos de familia: Beatriz, entretanto, leía un diario.

No tuvo el pintor necesidad de reflexionar mucho para decirse a sí propio que, si la elección le hubiese sido permitida, no habría sido seguramente la señora de Montauron la retratada. Sin embargo, no había que hacerse grandes ilusiones acerca de la acogida de la lectriz, quien sin levantarse le echó una hostil mirada y continuó en voz baja la lectura de su periódico, mientras que Fabrice cambiaba algunas frases con la señora de la casa.

—Tanto gusto de contarlo a usted en el número de mis amigos—dijo aquélla con su más amable sonrisa—, y muy orgullosa de que mi retrato sea hecho por mano tan experta... y por cierto que no es un estímulo retratar a una mujer de mis años.

—¡Señora!

—Pero, según tengo entendido, también es usted paisajista... Hay en los alrededores puntos de vista deliciosos... Ese será su desquite y su consuelo de usted.

—Señora baronesa, crea usted firmemente que no tengo necesidad ni del uno ni del otro.

—¿Permite usted que los modelos hablen durante la sesión? ¿No incomoda a usted eso?

—Todo lo contrario, señora; así se me ofrecerá la ocasión de darme más exacta cuenta de la fisonomía.

—¡Tanto mejor!... soy por naturaleza muy habladora... ¿no es verdad, Beatriz?