Convencido por una serie de deducciones naturales de que los dos amantes debían escribirse, se aplicó a descubrir sin descanso sus medios de correspondencia. Los frecuentes y largos paseos de Beatriz en la avenida de los arrayanes le parecieron equívocos, conjeturando que sus cartas habrían de cambiarse por cima del poco elevado muro que cercaba el jardín de la parte del camino; pero su vigilancia en aquellos contornos resultó baldía. ¿Se escribirían sencillamente por el correo? Calvat, para cerciorarse, se impuso la costumbre de hacer centinela ante la verja de la quinta a la hora que llegaba el cartero.

Conociéndolo este hombre por cuñado del pintor le entregaba las cartas dirigidas a la casa, y Calvat estudiaba cuidadosamente los sobrescritos. Aunque Fabrice no abría jamás las que recibía su mujer, no era verosímil que el marqués escribiera a Beatriz sin tomar excepcionales precauciones, y fue así que al cabo de algunos días llamó la atención de Calvat el gran número de las que llegaban en esta forma: «Señora Jacques Fabrice; para entregar a la señora vizcondesa de Aymaret»; y estimularon tanto más sus sospechas, cuanto que la letra parecía evidentemente contrahecha: decidióse a abrir una, y encontróse con que, efectivamente, era toda del puño de Pierrepont: he aquí su contenido:

«Querida Beatriz, sí, esta existencia de engaños y traiciones es indigna de nosotros y me complace que opines sobre este punto como yo... En tanto que esta situación se prolongue, nuestra dicha no será más que una vana ilusión, nuestro amor no será otra cosa que un continuo sufrimiento... ¿Y no hemos ya sufrido demasiado?... Cree firmemente que soy tan incapaz como tú de buscar frases hipócritas para engañar mi propia conciencia... Somos culpables, lo sé, pero, ¿qué crimen de amor pudo encontrar mayores excusas?... ¿Se cruzaron jamás entre dos corazones honrados y sinceros parecidas fatalidades?... Sí, somos delincuentes, pero somos también al propio tiempo víctimas de la contraria suerte... Sería realmente vergonzoso y criminal perseverar en esta vía de abominable duplicidad... ¡Huyamos, pues!... ¡Te lo ruego, alma mía, dígnate consentir!... Confía en mí... he tomado todas las medidas... Todo cuanto un hombre puede hacer, otro tanto haré yo para que tu destierro sea un destierro de encantos... ¡Te adoro!—Pedro

Cuando hubo terminado su lectura, crispóse la cara de Calvat con una sonrisa de réprobo; dobló la carta, empujó la verja y se dirigió al taller de Fabrice.

—Hola, ¿eres tú?... Creí que sería el marqués, quien quedó en venir hoy por la mañana.

—No, no es el marqués; soy yo—respondió Calvat—. Querido—prosiguió, bajando un poco la voz—, no me acusarás más de ser un borracho y un embustero, supongo... La casualidad me ha puesto en posesión de una carta que tiene mucho interés para ti... Como pariente y amigo tuyo, por grande que sea mi sentimiento... me es imposible dejar de entregártela... Convendrás conmigo cuando la hayas leído.

—No la leeré—replicó Jacques rechazando la mano de Calvat que le tendía la carta—. ¡Sal de aquí al instante, y te prohibo que vuelvas jamás a poner los pies en mi casa!

—Ya me volverás a llamar, y como no soy rencoroso, volveré a tu primera palabra. Esa carta es de Pierrepont dirigida a tu mujer. Ahí te la dejo.

La arrojó sobre la mesa y salió del taller.

Ya solo, el artista tuvo un momento de horrible duda. Inmóvil, petrificado, veía delante de sí la mesa, y sobre la mesa la carta.